El abandono de la educación, una herida abierta

La innovación no solo vive en la tecnología, nuestras instituciones pueden innovar al encontrar soluciones creativas para enfrentar los problemas que atravesamos

Autora: Irma Velasco (Desde Padua, Italia)

Estamos a jueves 21 de febrero de 2020. Mi hijo Diego (siete años) se despide de sus compañeros con una pequeña fiesta en la escuela pública donde estudia en la ciudad de Padua, en el norte de Italia. Está por comenzar el feriado de Carnaval y los niños del primero de primaria han hecho unas máscaras para convertirse en superhéroes, en princesas y animales que toman jugos de fruta y comen galletas de chocolate por unos instantes, antes de entrar en el descanso de seis días. Esa misma noche se registran los primeros casos de COVID-19 en Italia y al día siguiente muere el primer paciente a causa del nuevo patógeno.

La enfermedad que vimos propagarse en la ciudad china de Wuhan a finales de diciembre de 2019 había llegado a Europa, y Diego no volvería más a la escuela. El proceso de alfabetización que había iniciado junto con sus 24 compañeros en septiembre de ese año tendría que continuar en casa. “Es un momento delicado: aprender a leer y a escribir es muy difícil”, había dicho su maestra dos semanas antes del cierre inesperado de la escuela en una reunión evaluativa del primer cuatrimestre escolar. Entonces los niños estudiaban las silabas a través de su asociación a una imagen y debían memorizarlas cada día. Interrumpir ese proceso hubiera cambiado la certidumbre de las primeras palabras leídas y la magia de los primeros sentidos revelados por un vacío.

Gracias a una red de medios digitales estructuralmente presentes en el sistema educativo italiano, el paso hacia la didáctica a distancia fue inmediato. Al inicio de la cuarentena los maestros usaban la aplicación de la escuela –accesible desde el teléfono celular- solo para enviar tareas, y en el montón de papeles que imprimíamos a diario parecía diluirse el sentido de aquello que se estaba estudiando. Hasta que las maestras empezaron a enviar clases preparadas, con instrucciones para que los niños las siguieran con orden, y videos que ellas mismas producían con la explicación de cada lección. Las tareas fueron desde entonces una parte más, y no la principal, de la actividad pedagógica. Cada día debíamos sacar una foto del deber concluido para subirlo a la plataforma y obtener una respuesta de la maestra a través de los canales de comunicación ya activos antes de la emergencia sanitaria.  

Entre tanto, durante el segundo mes de cuarentena en Bolivia y desde su casa en un barrio ubicado en la avenida G77 de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, también Cinthia, una joven estudiante de repostería, fotografiaba con su celular las tareas de su hijo Alan Mateo (ocho años), que cursa el segundo de primaria en el colegio fiscal de su zona. En esa época el profesor de Alan, un señor mayor al que el niño llama con cariño “abuelo”, grababa videos en los cuales explicaba las lecciones con ayuda de cartulinas y una pizarra que había en su casa.

Luego los enviaba al grupo de WhatsApp que reúne a todos los padres de los niños de la clase; sin embargo, de cuarenta y cinco alumnos solo 10 mandaban las fotos de las tareas realizadas. “El profesor tenía mucha pena por sus alumnos y nos pidió que ayudáramos a los otros niños del curso prestándoles las tareas”, relata Cinthia, que tras el pedido del educador se contactó con su vecina, la mamá de un compañero de Alan que no podía continuar pagando la conexión de Internet en su teléfono, para que ambos estudiaran juntos. A veces el “abuelo” no mandaba videos ni tareas, entonces Cinthia le pedía a su hijo que escribiera en su cuaderno los himnos patrios y la biografía de los héroes nacionales… “Tuve que convertirme en su profesor e inventarme sus tareas”, concluye.    

De esa misma forma, como una profesora, se sintió la ecuatoriana Alessandra, mamá de un compañero de Diego. Ella es cuidadora de personas mayores y vive en Italia hace 18 años. Durante la suspensión de las clases presenciales buscaba informarse diariamente sobre los temas que estudiaba su hijo a través de Internet, pero cuando este esfuerzo le pareció insuficiente decidió pedir ayuda en la casa donde trabaja. Allí, el hermano del jubilado al que cuida aceptó explicar al pequeño Ale algunos de los temas que estudiaba. “Todos los esfuerzos que hice valieron la pena, porque conseguí mandar las tareas de Ale a sus maestras. Incluso tuve que pagarle al vendedor de periódicos de mi barrio para que imprimiera y subiera los deberes”, comenta mi amiga Alessandra. En el curso de nuestros hijos solo la mitad de los alumnos logró cumplir con las exigencias de la educación virtual. Sin embargo, a pesar de las dificultades, el año académico en Italia, interrumpido en su modalidad presencial cuando llegó a la mitad de su desarrollo, siguió adelante hasta el último día del calendario escolar.

En ese sentido, Fabiola, comunicadora social y mamá de Gabriel (12 años), recuerda que en Bolivia el año lectivo nació cortado por la pandemia. Su hijo estudia en sexto de primaria en un colegio particular de Santa Cruz de la Sierra. “Hay profesores a los que ni siquiera llegamos a conocer en persona porque las clases comenzaron en febrero, y en marzo ya estábamos en cuarentena”. Desde entonces las clases de Gabriel se desarrollan a través de las plataformas virtuales Zoom y Google Classroom. “Mi hijo pasa clases durante toda la mañana. Su grupo tiene 30 alumnos y me parece que es un número muy grande para una realidad virtual. Esa es una deficiencia que arrastramos de la educación presencial, pero mantener el interés de los alumnos a través de una pantalla es más difícil. Depende de la vocación del profesor que las lecciones virtuales sean amenas, y cuando esto no ocurre siento que los chicos preferirían apagar los equipos y ponerse a hacer otra cosa”. Pero Fabiola valora que Gabriel pueda continuar con su aprendizaje; percibe que hay materias, como el inglés, en las que ha progresado, además de haber ganado autonomía en la realización de sus deberes y en la comunicación con sus profesores. A pesar de la determinación del Gobierno boliviano de clausurar el año escolar, ella y su marido han decidido firmar el acuerdo ofrecido por el establecimiento particular donde estudia su hijo para que continúe educándose hasta el mes de diciembre.

A diferencia de Gabriel, las horas de estudio de Marcela (10 años) y Fernando (ocho años) fueron reducidas en el colegio particular donde estudian. Ahora, el tiempo que dedican a las lecciones virtuales desde su casa en la avenida Cristo Redentor no abarca toda la mañana, como solía ocurrir cuando iban al colegio. Claudia, economista y mamá de los niños, cuenta que la dirección del colegio explicó que prolongar las horas de estudio frente a la computadora no sería pedagógico. “Mis hijos reciben bastante tarea todos los días, creo que es para compensar las horas de clases que pierden; pero en el contexto en el que estamos esta situación es comprensible. Es pesado para ellos y también para los padres que debemos seguir trabajando y mantener la rutina doméstica de la casa”, comenta Claudia, y lamenta que muchos padres en el colegio de sus hijos hayan tenido que retirar a sus hijos por haber perdido sus empleos. “Hubo negociaciones para pedir que el colegio baje la mensualidad que pagamos, al final solo nos redujeron el 10 por ciento de la pensión, así que a muchos padres no les quedó más que sacar a sus hijos, sobre todo a los más pequeños. Es muy triste”, concluye.      

Esto es lo que ocurre en nuestras casas; nuestras instituciones tienen el deber de encontrar soluciones para la crisis de la educación; porque si el sistema se apaga, los esfuerzos individuales y familiares por superarla acabarán ahogándose también. Abandonar la educación es abrir una herida en la formación de nuestros niños y jóvenes, justo en el corazón de la Patria. Finalmente, la innovación no solo vive en la tecnología, nuestras instituciones pueden innovar al encontrar soluciones creativas para enfrentar los problemas que atravesamos. 

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