El dolor es una elección

Había dejado de escribir en Pandemónium porque estaba enfrascado en una revista digital propia, pero también porque no tenía ganas de expresar mis emociones.

Autor: Rildo Barba

La pandemia nos ha golpeado sin pena. Pocos deben ser los que no conocen a una víctima del COVID-19 o, al menos, a su familia. En mi caso tengo un pariente fallecido, cuatro primos y varios amigos que le ganaron la batalla al virus. Para los sobrevivientes no fue fácil vencerlo, algunos hasta estuvieron aislados más de tres meses con dolores de espalda y pecho, desgano total y sin la posibilidad de percibir olores y sabores. Pero todo eso son burreras ante el hecho de no poder ver y sentir cerca a los seres queridos, y, en el caso de las madres, poder abrazar y besuquear a sus hijos. A esto, habría que sumarle la preocupación de todos –enfermos y familiares– por su vida. ¿Mejorará o empeorará? ¿Vivirá o morirá?  

Y el bicho continúa entre nosotros, listingo para atacar al que se descuide. Lamentablemente, a seis meses de iniciarse la emergencia sanitaria y con las restricciones de seguridad aflojadas, la probabilidad de que cundan los contagios es grande. Priorizando la economía, las autoridades ampliaron los horarios de circulación de personas y vehículos, los viajes dentro y fuera del país (dicen que las fronteras siguen cerradas, pero muchos sabemos que hay gente saliendo y entrando al territorio nacional en “vuelos especiales”), los viajes interprovinciales y departamentales, y las aperturas de instituciones y negocios, entre otras muchas cosas. Es cierto, la gente necesita trabajar para comer, pero para ambas acciones es necesario gozar de salud. Son pocos los negocios que están cuidando y exigiendo a las personas el tema de la bioseguridad; para la mayoría es un chiverío.

Había dejado de escribir en Pandemónium porque estaba enfrascado en una revista digital, pero también porque no tenía ganas de expresar mis emociones. Las muertes por coronavirus y cáncer de unos amigos y conocidos hicieron que se me quitaran las ganas de escribir, en un luto ajeno y propio al mismo tiempo. Por múltiples casos de cáncer en mi familia, quienes sufren y fallecen por esa enfermedad me causan mucha pena. Don “Lucho” Catalá y Shadia Zeballos, que fueron mis colegas en El Deber, ya descansan de todo dolor, aunque sus partidas hayan dejado a mucha gente con el alma rota. Curiosamente, el 8 de julio, “Sha” publicó en su ‘face’ estos pensamientos del mexicano Miguel Ruiz: “No hay razón para sufrir. La única razón por la que sufres es porque así tú lo decides. Si observas tu vida encontrarás muchas excusas para sufrir, pero ninguna razón válida. Lo mismo es aplicable a la felicidad. La felicidad es una elección, como también lo es el sufrimiento”. Quizá sea hora de pensar y actuar con este planteamiento; ahorraríamos lágrimas. 

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