El pueblo, el que menos importa

En plena pandemia y con un proceso electoral en puertas, los intereses políticos definen el destino de todos y solo buscan el poder.

Autora: Claudia Siles

En medio de una pandemia que nos pone dolorosamente a contar muertos por decenas cada noche, una escalada de bloqueos en puntos específicos del país vuelve a sacudir nuestras ideas en agosto. Viajeros que deben continuar a pie o cruzar a nado un río para llegar a su destino; alimentos que se pudren en el camino y tanques de oxígeno que los enfermos de COVID-19 esperan por segundos, han permanecido días retenidos en algún punto del país.

La cadena de perjuicios es enorme. Y el motivo de la protesta tiene de pretexto una fecha: quieren que se fijen las elecciones generales para el 6 de septiembre y no para el 18 de octubre, como lo ha definido el Tribunal Supremo Electoral. 

¿Será posible que haya quién anteponga los intereses políticos a la vida misma? Es la pregunta que se hace el pueblo, que no tiene la más remota idea de hasta dónde pueden llegar los cálculos políticos de quienes buscan el poder. Ese pueblo que apenas comenzaba a retomar el trabajo después de más de cien días de cuarentena y que se rompe la cabeza para ver cómo acomoda la carga con un sueldo más magro que nunca, no entiende muchas de las barbaridades que se ven y difícilmente daría crédito a toda la maraña política que no se ve. 

Ocurre no solo en Bolivia, sino en el mundo entero. Mientras unos se pasan la vida trabajando para apenas evadir la pobreza, y otros, con más suerte, logran vivir medianamente y se esmeran por tener con qué pasar la vejez, hay otros que tienen la sola misión de ver cómo se hace para llegar al poder. Para estos últimos, el pueblo apenas importa y es como la masa que se moldea (y se desecha) según convenga.

Los cálculos políticos dan las pautas del discurso que se debe usar para endulzar los oídos del electorado en tiempos de campaña. También dan las directrices a las bases, para emplear la fuerza y la torpeza cuando haga falta. Para los políticos, tramar acciones que les acerquen más al poder acaba siendo un proceso tan frío como mover las piezas de un tablero, sin que el bienestar del pueblo sea el meollo del asunto. 

En la práctica, la postura netamente política e interesada, puede llevar a decisiones grandes y no siempre acertadas, en las que está claro que el pueblo es lo que menos importa. Solo por citar algunos ejemplos: puede llevar a comprar respiradores y entregarlos como ayuda oportuna en tiempos de pandemia, cuando los equipos ni siquiera están en condiciones de funcionar. La movida política en busca de intereses propios, distintos a los del pueblo, también puede estar en la orden para instalar cercos, organizar secuestros, lanzar amenazas y protestas, aunque esto signifique interrumpir el ciclo productivo y privar a enfermos críticos de recibir el oxígeno. Diez días después, el mismo grupo político hace sus evaluaciones y puede decidir la suspensión gradual y disimulada de la medida, porque estaba provocando un rechazo en la imagen de quien solo busca estar en el poder. 

Una vez más, el pueblo debe acomodarse al vaivén de los políticos y no es la gestión del gobierno transitorio, ni siquiera el Diálogo por la Vida convocado por la presidente Jeanine Áñez, el que logre que se restablezca el libre tránsito en el país. El camino a la pacificación será el cálculo político que una sigla aplique, según sus intereses, pasando totalmente por alto al pueblo.

En realidad, el llamado al diálogo puede ser también visto como una mala decisión del juego político. Las siglas con mayor representación no asistieron. Una falta de respeto a la investidura de la presidenta o un rechazo a la presidenta-candidata, o ambas. Lo cierto es que la jugada de Áñez, que tenía el aparente buen propósito de ser plural y buscar la pacificación del país, terminó con puntos en contra y le tocará ver qué otras medidas puedan ayudarle a recuperar puntos perdidos en su carrera por la presidencia.

Tras la escalada de violencia y la acentuada crisis sanitaria, no faltó el pueblo con su mirada inocente, que se confió en las buenas intenciones y opinó tras del fallido diálogo, convocado por Áñez. “¡Cuánta mezquindad hay entre nosotros! No funciona querer dialogar”, dijo una ciudadana, criticando a los políticos que no asistieron y dejaron a la presidente sin un plan B. 

Lo único que queda después de todos estos ejemplos recientes, es la certeza de que el diálogo ni los bloqueos fueron jamás pensados en el bienestar del pueblo. Nosotros, el pueblo, seguiremos siendo para los políticos apenas una masa que siempre acaba moviéndose al ritmo que les interesa a quienes ven en la política un medio para llegar al poder. 

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