La fe bloquea

Todo vale para protegerse del coronavirus, desde brebajes hasta… una tarjeta

Autor: Rildo Barba

El año pasado, un jipi me vendió en la calle una manilla roja con un ojo del mal, amuleto al que los turcos le llaman ‘espectacular’ (y la verdad es que me gusta más esa denominación). Ellos lo usan sobre sí, en los ingresos a sus casas, en los marcos de cada puerta… en fin, donde pueden ponerlo, lo ponen. Dicen, y el jipi me lo dijo también, que espanta las malas vibras, el negativismo y a los envidiosos. Esos argumentos me hicieron sacar calladingo 30 Bs y quedé feliz, convencido de que esa figurita espantaría de mí a quienes me miren chueco.

No. La verdad es que no creo que haya funcionado. Pero en su momento quise creerlo. La manillita hecha de hilo rojo terminó por romperse un día y el espectacular, tan diminuto como una lenteja, se perdió en mi habitación tamaño 4×4 (seguro lo barrieron y fue a parar a Normandía). Sí, dije “quise creerlo” porque, según Jesús de Nazaret, la fe mueve montañas. Y es precisamente en ese sentimiento hacia Dios que mucha gente confía, cree, se esperanza y vive.

Tras el derrame cerebral que sufrió mi madre hace un par de años, mi cuñado le regaló una pulsera aparentemente de latex con un centro circular metálico. Le dijo que se la ponga y que no se la quite para nada; le aseguró que le daría energía para su pronta rehabilitación. No sé si fue por esa manilla, por su fe o porque no le gustaba depender de nadie, pero en tres meses ella estuvo recuperada por completo, ¡chalinga! La veo rezando todas las noches, con la pulsera puesta.

Mi amiga Vanesa compró en Argentina una pulsera curativa de siete chakras (para los teosóficos y gnósticos serían todos, para los hinduistas hay uno por demás y para otras personas que creen en ellos, faltan dos). Asegura que solo la tiene por pinta y la verdad es que es bonita: tiene cuentas que parecen ser de piedra volcánica y otras de siete colores diferentes, supongo que para cada chakra. Le dijeron que la protegerá de cualquier mal, que le dará energía y que la curará los dolores corporales causados por el estrés. ¿Funciona? “No me la saco por nada del mundo”, me dijo.

Otra amiga (esa sí creyente a morir de cuanta huevada le dicen que cura, atrae y espanta) se trajo de España una pulsera “de equilibrio de yoga y reiki”. Una soberana sonsera, según yo, porque por lo que tengo entendido el yoga esa técnica de meditación en la que se sientan como Buda y el reiki es una manoseadera que supuestamente te hacen armonizar la vida, te relajan (obvio, si te soban todo) y te quitan todos tus males. Creo que la tumbaron a Ingrid (le cambié el nombre para que no la relacionen con este texto), pero como dije antes, ella se lo cree todo y jura que su manilla de bolitas azules y un elefantito dorado hasta le consiguió marido. Eso sí, el hombre es un santo (solo así se explica tanto aguante).

Hace muchos años, mi amiga y colega en este blog, Dica Rodríguez, me trajo de Brasil una cinta de color celeste que me ató a la muñeca y que por cada uno de los tres nudos me hizo pedir un deseo. No recuerdo si era una muestra de fe a Nuestra Señora Aparecida o al Señor de Bonfim (¡Nosa Senhora!). Van a disculpar pero ya saben lo desmemoriado que soy. Lo importante es que los tres anhelos se me cumplieron y la pitita se rompió mucho tiempo después, de viejita. ¿Milagro? No sé, quiero creer que sí.

¿A qué quiero llegar con todo esto que cuento y que seguramente muchos han experimentado? Hoy fui al supermercado con mi barbijo bien lavadito, mis guantes y mi tarjeta espantadora de virus y bacterias. Se la compré a un amigo que en estos días de pandemia y cuarentena vende hasta calderas eléctricas para hacer vaporizaciones de eucalipto. Debo confesar que solo lo hice por ayudarlo porque sé que está más cagado que yo (tiene una chorrera de muchachos el pobre, ¡cuatro! Sí, en estos tiempos esos son muchos hijos). Me dijo que tiene dióxido de cloro y que con solo colgarla de mi cuello estaré protegido de muchas enfermedades. Y bueno, es bonita, no me molesta, así que la llevé conmigo al súper.

Buscando el fricasé listo para cocinar, un hombre me preguntó si de verdad yo creía en la sonsera que tenía en el pecho. Así, sin más ni más; sin yo conocerlo a él ni él a mí; sin que a mí me importe qué tenía él encima y, por supuesto, sin que deba importarle lo que yo llevaba. Pero como este confinamiento tiene a muchas personas con el alma hedionda, tomé el comentario con tranquilidad y le pregunté por qué lo decía. “¡Son huevadas! ¿Cómo pues una tarjeta va a prevenir enfermedades con solo tenerla en el cuello?”. El sujeto, que indicó ser médico, arremetió con el tema de que el dióxido de cloro no cura y que el producto era un gran tumbe. Lo escuché y solo le dije que mientras no me salga pitaí en el cuello, todo estaba bien, que no me estorbaba. Y seguí buscando el fricasé en bolsa, que por cierto no pillé en los dos supermercados a los que fui, ¡qué desgracia!

Hace un ratito veo en el programa radial de John Arandia una entrevista a un biofísico alemán, que promociona a escala mundial el uso del dióxico de cloro como prevención y cura del coronavirus. Claro que paré orejas; recordé al supuesto médico del súper. El entrevistado decía que consumiendo dicho compuesto químico de forma oral, se oxigenan las células al punto de hacerlas resistentes al microorganismo que hoy tiene en jaque al mundo. Obviamente el tipo explicó más sobre las bondades del producto que, al parecer, él descubrió como milagro para librarnos del COVID-19. Aseguró que en muchas ciudades lo están usando, que incluso en Ecuador (uno de los países con más casos de la enfermedad en Sudamérica) ya ha recuperado a muchos pacientes. También dijo que lo ha sugerido a las autoridades nacionales (sin precisar a cuales) y que no le tiraron pelota. Según él, ciertos gobiernos están confabulados con la OMS para que aún no haya cura para el mal, todo por oscuros propósitos comerciales (sí, quieren ganar plata).

El hombre mencionó que la presidenta de Bolivia está consumiendo el dióxido de cloro y que no entiende por qué no ordena que se lo administre a la gente que está muriendo en Beni. Y entonces mencionó mi tarjetita: dijo que vio fotos de Jeanine Áñez usando esa especie de credencial (lo parece, visualmente) porque “es un desinfectante virídico perfecto”. Explicó que la sustancia contenida en ella se va liberando como gas, reduciendo así la carga viral del ambiente. Ahí me puse a buscar fotos de la mandataria para ver si era verdad y sí, están las fotos en Google, y hasta encontré una nota de El Deber en la que se refería justo al tema, solo que los consultados para elaborar la nota no hablaron bien del producto.

Leyendo en la página de la “tarjeta bloqueadora de virus” en Facebook, vi que hay un montón de gente burlándose o protestando por el producto. No creo que todos los que le dan palo la hayan usado o, por lo menos, la hayan visto en vivo y directo; pienso que lo hacen solo por el hecho de molestar o escribir algo. Otras personas, también muchas, le echan flores asegurando que ni siquiera se han resfriado desde que la usan. Y hubo un comentario que me recordó a los que usan manillitas por cuestión de fe: “Yo la tengo y solo me la quito para bañarme y para dormir. Me siento protegido con ella”.   

Y bueno, cierto o no, imagino que la presidenta usa la tarjeta ‘por si acaso’ o porque quizá confía en que la escudará del coronavirus y, con suerte, de los masistas. Y, de repente, no ha tomado la recomendación del especialista alemán (si es que supo de ella, eso es otro cuento) porque el dióxido de cloro no está avalado como medicamento por la OMS, aunque desde hace mucho tiempo sus defensores lo llamen “suplemento mineral milagroso”. Si ha curado o prevenido de enfermedades infectocontagiosas, ¡perfecto! Ahora se vale creer en todo con tal de tener lejos al virus o eliminarlo del cuerpo, si es el caso; brebajes, remedios farmacéuticos e incluso amuletos son usados para combatir a un bicho absolutamente desconocido. Si la presidenta se cuelga al cuello una tarjeta que contiene el químico, pues es su cuello y es su problema. Igual que yo, señor desconocido y metiche del supermercado: cargo la tarjeta porque es mía, porque no me estorba y porque me da la gana. Simple.         

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