La pacientita

¿Qué pensarías si despiertas con una fiebre que te provoca escalofríos? A mí me pasó, pero resulta que no era coronavirus, sino ese otro enemigo que tenemos volando a nuestro alrededor. ¿Y qué crees? Dengue + cuarentena no es una buena combinación.

Colaboradora: Paola Iporre

“¡No crean todo lo que dice don Manuel!”. Era la voz de una mujer grande, robusta, que no se afana en peinarse ni en arreglarse mucho, una de esas doñas de barrio que se dedican a criticar a quienes hablan de más, pero que le encanta ser el centro de atención para generar habladurías.

Así me descubrí creando historias en mi cabeza. Desde mi cama en la clínica, conectada a un suero que me inyectaba quién sabe cuántos remedios, hubiera podido inventarme mil y una historias para cada una de las voces que retumbaban en el pasillo junto a mi habitación. Supongo que estaba delirando, con una fiebre que ya llevaba algo de cinco días.

También escuchaba a un bebé que lloraba inconsolablemente, pero que nunca me dio pena. Yo solo quería que se callara. Solo quería silencio y oscuridad. Odiaba incluso que las enfermeras entraran cada tanto para aumentarle más remedios al suero, para tomarme la temperatura o medirme la presión arterial.

No, no me contagié del virus que hoy por hoy se lleva toda la fama. Yo solo fui una enferma más de dengue. Ese otro virus que es transmitido por un mosquito y que no importa cuántos días de cuarentena estricta lleves, ni que vivas en el sexto piso de un edificio donde casi ni abres las ventanas… porque ese mosquito llega hasta vos sin que te des cuenta. Y si tienes la suerte que yo tuve, te fulmina.

Fiebre intensa, escalofríos con tembladera, dolor de cabeza imparable, martillazos en los ojos y deshidratación (porque no puedes tomar ni agua porque la vomitas)… Eso solo fue el principio antes de que necesite internación.

Con esos síntomas tuve que obligarme a pensar que todo estaba bien, que no era el famoso COVID-19 que se lleva todo el protagonismo hoy en día. Tenía dos tímidas razones para hacerlo: el día que se inició la fiebre se cumplían dos semanas de no haber salido de mi departamento (aunque había recibido un par de deliveries), y mi garganta estaba intacta, cero tos.

Los cuatro primeros días los pasé a punta de llamadas y mensajes de Whatsapp, tanto para hablar con mi doctora y contarle cómo evolucionaba mi estado, como para solicitar las autorizaciones a mi seguro y coordinar la realización de análisis con el laboratorio. Punto a favor de la cuarentena: yo no me moví de mi departamento ni para que me tomen las muestras, ya que personal del laboratorio llegó hasta mí para ello. Que te eviten el ajetreo es maravilloso cuando te sientes tan mal. Punto en contra: durante cuatro días tuve que autoatenderme… arrastrarme hasta la cocina para intentar comer algo, cuando lo único que quería era morir en mi cama.

Los análisis mostraron que había tenido una disminución asombrosa de plaquetas y glóbulos blancos, y eso sumado a la deshidratación y los vómitos hacían que mi caso se tornara delicado, por lo que necesitaba internación.

¿Cómo llegar a la clínica en plena cuarentena? Tuve que recurrir a amigos de confianza que cuentan con pase de circulación tanto para entrar como para salir de la clínica, porque mi otra opción era llamar una ambulancia, y la verdad es que ese paseíto no se me antojaba. Punto aparte era que debía llevar a mi gata con sus “niñeros” y dudo mucho que la ambulancia hubiera aceptado hacer la carrerita extra con un pasajero de cuatro patas.

Una vez en la clínica inicié una montaña rusa de complicaciones diarias: inflamación del hígado y la vesícula, gastritis y líquido derramado por todas partes, incluyendo ambos pulmones. Con tantas visitas al ecografista aprendí que esto último se llama “derrame pleural bilateral” y casi puedo asegurar que sé leer ecografías. La doctora luego me dijo que esto no es habitual con el dengue, pero a mí me pasó, y como consecuencia llegó un momento en el que respirar normalmente se me hizo difícil, hasta que tuvieron que administrarme oxígeno. “¡Con que así mata el dengue!”. Sí, llegué a pensarlo.

Con todo, resultó que se trataba del dengue grave, y las enfermeras me preguntaban cada tanto si tenía sangrado en alguna parte de mi cuerpo, pensando que podría ser dengue hemorrágico. Para completar el cuadro me diagnosticaron “hepatitis por dengue” (jamás había escuchado de eso), y finalmente, cuando ya las cosas parecían mejorar, se disparó mi presión alta: 165/90 por varios días. Electrocardiogramas y ecografías al corazón fueron necesarios para descartar cualquier otro daño.
En algún momento de ese calvario me di cuenta de que tanto médicos como enfermeras se referían a mí como “la pacientita”, efecto provocado por mi 1,55 de estatura. En total fueron diez días los que esta pacientita estuvo internada, sobrellevando cada etapa del dengue, una más jodida que la otra (y mejor ni hablo de la picazón en pies y manos).

Durante todo ese tiempo intenté ignorar el drama del coronavirus que se vivía afuera de mi habitación, aunque resultaba imposible porque estaba sola. La cuarentena hizo difícil que alguien pudiera acompañarme.

Los primeros días estar sola fue ideal, porque no soportaba ni la luz ni los sonidos (tele apagada, celular en silencio), y sinceramente no tenía ganas de hablar con nadie. Luego sí hubiera sido importante tener a alguien allí, ya sea para que me pase el control remoto que se quedó en la mesita, para que abra o cierre la ventana, para que me ayude a empujar el suero cuando me levantaba… y claro, para charlar y distraerme, porque está de más decir que lo más divertido que hacía dentro de esas cuatro paredes era comer (cuando pude hacerlo) y bañarme.

Cuando finalmente salí de la clínica, me di cuenta de que afuera ya nadie habla del dengue, nadie le teme. Todo es COVID-19, cifras de contagios y muertes. Nadie habla de fumigar casas ni de utilizar repelente. Gugleé “Dengue en Bolivia” y la última noticia publicada en ese momento tenía tres semanas de antigüedad: “Hay 76.432 casos sospechosos y 12.260 confirmados. El 75 % están en Santa Cruz” (Página Siete, 22 de abril de 2020). Pero sobre el COVID-19 se dan reportes todos los días, en cada noticiero, y en redes sociales no hay más tema de publicación. ¿Será sano ser monotemáticos?

No sé vos, pero después de esta experiencia, yo empezaré a vivir con el insecticida en una mano y el repelente en la otra (y el alcohol en gel en el bolsillo ¡claro!), para no ser una “pacientita” nunca más.

Los cuatro primeros días los pasé a punta de llamadas y mensajes de Whatsapp, tanto para hablar con mi doctora y contarle cómo evolucionaba mi estado, como para solicitar las autorizaciones a mi seguro y coordinar la realización de análisis con el laboratorio. Punto a favor de la cuarentena: yo no me moví de mi departamento ni para que me tomen las muestras, ya que personal del laboratorio llegó hasta mí para ello. Que te eviten el ajetreo es maravilloso cuando te sientes tan mal. Punto en contra: durante cuatro días tuve que autoatenderme… arrastrarme hasta la cocina para intentar comer algo, cuando lo único que quería era morir en mi cama.

Los análisis mostraron que había tenido una disminución asombrosa de plaquetas y glóbulos blancos, y eso sumado a la deshidratación y los vómitos hacían que mi caso se tornara delicado, por lo que necesitaba internación.

¿Cómo llegar a la clínica en plena cuarentena? Tuve que recurrir a amigos de confianza que cuentan con pase de circulación tanto para entrar como para salir de la clínica, porque mi otra opción era llamar una ambulancia, y la verdad es que ese paseíto no se me antojaba. Punto aparte era que debía llevar a mi gata con sus “niñeros” y dudo mucho que la ambulancia hubiera aceptado hacer la carrerita extra con un pasajero de cuatro patas.

Una vez en la clínica inicié una montaña rusa de complicaciones diarias: inflamación del hígado y la vesícula, gastritis y líquido derramado por todas partes, incluyendo ambos pulmones. Con tantas visitas al ecografista aprendí que esto último se llama “derrame pleural bilateral” y casi puedo asegurar que sé leer ecografías. La doctora luego me dijo que esto no es habitual con el dengue, pero a mí me pasó, y como consecuencia llegó un momento en el que respirar normalmente se me hizo difícil, hasta que tuvieron que administrarme oxígeno. “¡Con que así mata el dengue!”. Sí, llegué a pensarlo.

Con todo, resultó que se trataba del dengue grave, y las enfermeras me preguntaban cada tanto si tenía sangrado en alguna parte de mi cuerpo, pensando que podría ser dengue hemorrágico. Para completar el cuadro me diagnosticaron “hepatitis por dengue” (jamás había escuchado de eso), y finalmente, cuando ya las cosas parecían mejorar, se disparó mi presión alta: 165/90 por varios días. Electrocardiogramas y ecografías al corazón fueron necesarios para descartar cualquier otro daño.

En algún momento de ese calvario me di cuenta de que tanto médicos como enfermeras se referían a mí como “la pacientita”, efecto provocado por mi 1,55 de estatura. En total fueron diez días los que esta pacientita estuvo internada, sobrellevando cada etapa del dengue, una más jodida que la otra (y mejor ni hablo de la picazón en pies y manos).

Durante todo ese tiempo intenté ignorar el drama del coronavirus que se vivía afuera de mi habitación, aunque resultaba imposible porque estaba sola. La cuarentena hizo difícil que alguien pudiera acompañarme.

Los primeros días estar sola fue ideal, porque no soportaba ni la luz ni los sonidos (tele apagada, celular en silencio), y sinceramente no tenía ganas de hablar con nadie. Luego sí hubiera sido importante tener a alguien allí, ya sea para que me pase el control remoto que se quedó en la mesita, para que abra o cierre la ventana, para que me ayude a empujar el suero cuando me levantaba… y claro, para charlar y distraerme, porque está de más decir que lo más divertido que hacía dentro de esas cuatro paredes era comer (cuando pude hacerlo) y bañarme.

Cuando finalmente salí de la clínica, me di cuenta de que afuera ya nadie habla del dengue, nadie le teme. Todo es COVID-19, cifras de contagios y muertes. Nadie habla de fumigar casas ni de utilizar repelente. Gugleé “Dengue en Bolivia” y la última noticia publicada en ese momento tenía tres semanas de antigüedad: “Hay 76.432 casos sospechosos y 12.260 confirmados. El 75 % están en Santa Cruz” (Página Siete, 22 de abril de 2020). Pero sobre el COVID-19 se dan reportes todos los días, en cada noticiero, y en redes sociales no hay más tema de publicación. ¿Será sano ser monotemáticos?

No sé vos, pero después de esta experiencia, yo empezaré a vivir con el insecticida en una mano y el repelente en la otra (y el alcohol en gel en el bolsillo ¡claro!), para no ser una “pacientita” nunca más.

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