Las quemas que nadie quiere parar

El fuego es la estrategia cómoda y egoísta. En esta época cunde como una epidemia, pero nadie activa protocolos para mitigar

Autora: Claudia Siles

Las noches de agosto lucen como si estuvieran bajo un filtro o como si las vieras detrás de un vidrio empañado. No es solo cuestión de ver. Respirar también se hace difícil. En tiempos de COVID-19 daría para desconfiar del típico sofoco que caracteriza el ataque del virus. Pero no, este es otro mal que cunde como epidemia todos los años, siempre en la misma época y sin que nadie active protocolos para mitigarlo.

El olor a humo se impregna en la ropa, se filtra por las rendijas y usa el viento como un aliado para entrar sin pedir permiso, casi a cualquier lado. El efecto, sin embargo, es mucho más profundo que un molesto aire cargado. Es como un mal crónico, como un cáncer con el que estamos destinados a convivir.

Este año ni siquiera la pandemia ha sido capaz de ahuyentar la vieja y mala práctica de prender fuego a todo. Quemar es un método nefasto que la gente usa para deshacerse de la basura en los barrios. También es la técnica más barata para preparar las extensas llanuras para nuevos cultivos. Y así, bajo excusa de que resuelve el dilema de algunos, los incendios acaban siendo el problema de todos. 

La temporada crítica dura apenas unos meses. Sin la agilidad ni la precisión requerida, probablemente la acción gubernamental jamás llegue a dar con quien provoca un incendio. O tal vez, actuar lento sea nada más que una conspiración, una actitud simple frente a una práctica que dura poco, cuesta desarraigar y sobre la cual nadie quiere educar. Al final de cuentas, unas semanas después la gente estará distraída con la llegada de la primavera y, del humo, ya nadie querrá acordarse.

En los últimos años he aprendido a ver la temporada de quemas de una forma distinta. Puedo decir que el humo tiene el rostro afligido de mi madre, aquejada por el asma. Y puedo confirmar que las llamas suenan al llanto desconsolado de una vecina que perdió a su mascota durante una mañana de incendio. 

El fuego también tiene el olor al pánico que sienten las familias asentadas al lado de unos terrenos, donde los caseros queman para mantener baja la maleza. Un incendio también tiene el sabor del esfuerzo y del cansancio de bomberos llamados a enfrentarse al calor intenso. Sus centrales enloquecen con tantos llamados de urgencias en época de quemas. Aunque acudan pronto, siempre se sentirá que llegaron demasiado tarde. 

Quemar hace daño a todos, aunque algunos prefieran mirar solo el beneficio propio, sin importar el resto. Quienes queman deben sentirse satisfechos porque las llamas consumieron los basurales que, de otro modo, les hubiera tomado tiempo y presupuesto recoger y embolsar. Igual de feliz debe estar quien ve sus hectáreas libres de barbechos sin pagar costosas maquinarias. Esas tierras estarán apenas cubiertas de hollín, un residuo leve que el viento se llevará pronto hacia las zonas urbanas. Son ejemplos de problemas inmediatos resueltos, aunque el impacto de la metodología aplicada conlleve muchas más agravantes a largo plazo.

Episodios recientes nos muestran que los incendios grandes y difíciles de controlar se dieron en varios puntos del mundo, aparentemente, como resultado de una elevación de la temperatura del planeta. Imágenes de bosques enteros consumidos en llamas fueron noticia en Chile, en Estados Unidos, en Australia. Por tomar ejemplos cercanos, la Chiquitania boliviana ardió el año pasado y dejó serios perjuicios. Pueblos afectados, especies animales, que ya no sabían dónde huir, perecieron y bomberos que acudieron a auxiliar perdieron la vida. Este 2020, aunque con menos agresividad, le tocó al Pantanal y nadie asegura que no aparezcan más focos de incendio como amenazas latentes.

Dicen que hay campañas educativas. Si existen, no son efectivas porque vecinos y agricultores siguen quemando. Alguna vez las autoridades dijeron haber iniciado proceso a los responsables de una gran quema. Se puso en duda si eran realmente los culpables, pues la identificación fue solo basada en un punto señalado por imagen satelital. Algunos acusados declararon apenas ser causantes de aplicar el contrafuego, una técnica que inicia llamas con la intención de que estas avancen contra el incendio y así evitar que este se propague. Difícil saber en qué quedó. Muchas de esas historias que llegan a los informativos suenan más a la necesidad de mostrar que algo se hace, aunque, en verdad, nada cambiará mientras sigamos pensando que quemar es una práctica necesaria, casi parte natural de la vida.  

Dejar que los incendios se repitan año tras año es como permitir que el cáncer avance y no hacer nada para detenerlo. Quemar deteriora la calidad de nuestro aire, enferma pulmones, destruye bosques, provoca muerte lenta. Permitir que la gente queme solo porque para algunos representa un beneficio inmediato, es ser demasiado egoísta y es olvidarse por completo de que mañana necesitaremos un mundo para seguir vivos.

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