Los velorios de mi vida

La pandemia y la cuarentena llevan a los muertos del virus y de otras enfermedades o accidentes directo a los cementerios. Las honras fúnebres quedaron de lado

Autor: Rildo Barba

Dicen que los velorios se realizan desde que la gente se dio cuenta que corrían el riesgo de enterrar vivos a sus seres queridos. Así que, para asegurarse, rodeaban al cuerpo durante horas y ya convencidos de que estaba muerto, procedían a sepultarlo. Bueno, la costumbre empezó en la Antigüedad y se sigue practicando en todo el mundo, variando en formas dependiendo de las culturas, del clima y, claro está, del motivo de la muerte.

Los velorios en Santa Cruz de la Sierra son reuniones que han cambiado con el tiempo. Al primero que asistí fue al de mi abuelo materno, cuando tenía unos siete años. Papi –como le decíamos sus nietos- murió septuagenario, de un cáncer en el estómago. Llevamos su cuerpo a Roboré (escribo en plural porque viajé con mi madre, hermanos y tíos) en un monocarril (esos ‘aparatitos’ en los que los técnicos de la ferroviaria recorren las vías para arreglar desperfectos). El ataúd ocupaba casi todo el espacio y en medio del camino y de la oscuridad casi total, recorrimos los 400 km que separan la ciudad con la población de la que es oriunda mi familia.

Después de horas de frío y miedo (de mi parte, no sé de los demás) llegamos al pueblo y prácticamente bajamos frente a la casa donde iba a ser velado, una de un gigantesco canchón lleno de mangos. Desde ahí solo recuerdo la llegada de mis tíos y de una prima, y los recuerdo porque expresaron a gritos su dolor por la pérdida del abuelo. Cambio y fuera en mi memoria.

El próximo velorio que recuerdo es el de mi abuela paterna. También murió en Santa Cruz por una complicación de la diabetes que sufría, pese a que no era tan vieja. Acabo de darme cuenta que para sepultarla también viví una aventura: la llevamos a Roboré (también ella era de allá) en una avioneta donde los únicos que iban sentados eran el piloto y mi padre que hizo de asistente. Detrás de ellos, hincados, íbamos mi hermana y yo, y a nuestras espaldas, el cajón. Al fondo, sentada en el suelo, una tía lloró durante todo el vuelo. Yo tenía 16 años, pero estaba aterrado por las turbulencias y por estar muy cerquita de una muerta. Sí, en todo momento imaginé el ataúd abriéndose y a la abuela sentarse con ganas de tragarnos por haber sido tan atrevidos con ella (¡ustedes no saben la imaginación que tengo!).

Su velorio fue largo, de casi dos días y medio: esperaban que llegue un hijo que nunca llegó y que nunca dijo que lo esperasen (alguien se inventó que llegaría). Fue en casa de la abuela, cuyo patio desnivelado por las raíces de un viejo tamarindo nunca estuvo sin gente y niños correteando a carcajadas. Comimos rico, todas sus comadres estuvieron allí procurando que nadie se fuera quejándose por la comida o por no haber fumado lo suficiente. En el cementerio vi una de las escenas más tristes de mi vida: a mi padre llorando como un niño abrazado a sus hermanos.

No, no me gustan los velorios ni los entierros. Tengo lágrimas pandingas y no sirvo para dar ánimos en esos momentos. Quizá alguien diga que nadie los disfruta, pero yo creo que sí, que sí hay personas dispuestas a asistir a ellos, aunque solo conozcan a un pariente del difunto o simplemente por diplomacia, para quedar bien. Por ejemplo, una tía no le pelaba a ninguno y siempre estuvo lista para ir al velatorio de su cuñada que, cada cierto tiempo, hacía amagues de morir; infelizmente, fue ella la que se fue primero (¡vaya paradoja!).  

En cierta ocasión, por acompañar a la familia de un amigo, fui a las honras fúnebres de una joven que ellos conocían y que había sido asesinada. Terminé llorando con todos los presentes, como si fuera uno más. Y la verdad es que daba para hacerlo: su muerte fue espantosa y su familia no podía con tanto dolor. Según la RAE, el dolor es la “sensación molesta y aflictiva de una parte del cuerpo por causa interior o exterior”; además, define el término como “sensación de tristeza y congoja”. Y sí, lo que se experimenta en un velatorio –y más cuando es de un ser querido- es eso: una sensación de gran pena en el alma, muy adentro.

Sentí dolor en el velorio de mi padre. Era un dolor mezclado con remordimiento y pena por no haberme despedido de él e intercambiar ‘perdones’. Nos lo quedamos debiendo durante un par de años, hasta que fui a pedírselo y otorgárselo al cementerio. Su velatorio fue en la capilla que tienen los militares en el aeropuerto El Trompillo; recuerdo que hubo poca gente, quizá por la ubicación. Mi memoria ha borrado detalles de ese día y noche, y va directo al momento de introducir el cajón en el nicho funerario. Terrible.

Años después, mi prima Guingo murió tras un tormentoso tratamiento de cáncer (primero en el colon, después en la cadera, luego en un seno y que terminó en metástasis). Su velorio fue en uno de los salones que existen en la ciudad y que ha transformado la forma de llevar a cabo esta actividad. Pagando el servicio con anticipación o en el momento del infortunio, uno se libra de la organización y deja en manos de ‘especialistas’ el tema de la preparación del cuerpo, el cajón, las sillas, lo que comerán y beberán los asistentes, si estos tendrán cigarritos, y, si se quiere, el espacio en el cementerio. ¡Ah! Para los que van sin vehículo, también se ofrecen micros o vagonetas para transportarlos al acto final: el sepelio.

No importa. Sea como sea, en medio de lujos o en el patio de la casa, los velorios siguen siendo una costumbre por demás de triste y muchas veces traumática. Al último que fui fue al de mi tía Noya, a quien amé con el alma. Pese a que ya pasaron siete años, su muerte me sigue doliendo. No supe quiénes estuvieron en él, también en un salón velatorio, porque sin poderme controlar lloré desde que llegué hasta que me fui, sentadito frente a su cajón. Los recuerdos que tenía de ella iban y venían a mi mente, de cuando la visitaba en Roboré y se desvivía por atenderme bien pese a sus limitaciones económicas. No me cabía en la cabeza que una persona tan sobrehumanamente buena (y no lo digo porque esté muerta) no haya sido escuchada por Dios y se haya ido. Tía murió de cáncer, como otros tantos parientes; ella lo tuvo en el útero.   

Hoy leí en Facebook a personas quejándose porque a muchos fallecidos por COVID-19 los están sepultando en cajones hechos de cartón, en vez de los tradicionales de madera, algunos robustos y con detalles trabajados artísticamente. Y comenté: “Como enterremos a nuestros muertos es lo de menos; cómo mueren es lo que en realidad debería importar. Y, lamentablemente, mucha gente está muriendo de la peor forma: sufriendo y en soledad. Maldito virus”. ¿Acaso sirve de algo el ataúd a esas alturas? ¿Sirven las flores o el cafecito que se invita? ¿A alguien le importa si los caramelitos del velorio se chupan o se mastican? En lo particular, a mí no. Pienso que sí es importante estar con nuestra gente cuando está enferma y en sus últimos días e instantes de vida… Pienso que acompañarnos entre todos los que sentimos dolor por la pérdida es beneficioso y reconfortante… Pienso que despedir a nuestro ser querido en el cementerio es una señal de amor y respeto… Pero el coronavirus nos quitó ese derecho, aunque la muerte haya llegado por otra enfermedad o por un accidente.

Yo quiero ser enterrado –y, mejor, cremado- en la intimidad familiar. Nada de velorio con condolencias, lloriqueos, chistes colorados, alguna carcajada desubicada y gente a la que no le agrado ni me agrada (no nos gustaremos ni aunque yo ya esté bajo tierra). Pero no quiero morir aun, no por esta pandemia ni en al menos 10 años; quiero ver a mis nietos ya grandes. Quiero disfrutarlos un poco más. Ojalá que Dios me escuche.  

2 respuestas

  1. Es triste escuchar cuánta gente, se va con el Covid, solos cursan su enfermedad, fallecen y directo al crematorio o entierro.
    No soy de ir a entierros,ni velorios… creó q muchos asisten por un compromiso, otros para q vean q asistieron al velorio, otro tanto a ver quién llora, otro grupo a ver si el cajón es de lujo, y otros muchos a ver si tiene flores,si estaba lleno, a ver quiénes fueron, no falta el q pregunta..q le ha pasado??? Si lo vi el lunes y charlamos, estaba bien… prefiero ver a un familiar q se encuentra delicado,darle un beso y decirle lo mucho q lo quiero…esa es mi despedida, pienso q los velorios son tormento, y prefiero una cremación, ir a esparcir las cenizas en un lugar verde y listo…es absurdo vestir al muerto con su mejor gala, ya no sirven lágrimas, ni flores, ni el mejor ataúd, q solo tiene dentro un cuerpo,q ya no escucha..ni los llantos, ni misas…asistí a velorios y demás de mis abuelos, solo llore en el de mi abuelo materno, pq de mi abuela materna era tanto mi dolor q estaba choqueada, de mis abuelos paternos no,pq no los quería,llore en el entierro de mi enamorado, en el velorio de mi Doctor llore más q de nadie, y no soy de llorar en velorios, creo q la muerte es paz…y q un ser querido, nunca te deja..el está siempre a tu lado, y por último puedo contar con los dedos a quien quiero…

  2. Me llegó al alma Rildo tu artículo, haces que en una sola lectura pueda experimentar tantas emociones juntas, risas por tu sarcasmo innato, tristeza por la situación actual de los fallecidos queridos ahora en pandemia y removiste un profundo dolor de un ser amado eternamente.
    🙁 creo que escribes con el alma.

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