Malditos barbijos

Me agobia usarlos y me rehúso a verlos como una moda. Sé que son útiles, pero no como complementos del vestuario

Autor: Rildo Barba

Confieso que la señora alcaldesa interina (más alcaldesa que interina) no es santa de mi devoción; pero no es por esa antipatía que siento por ella que cuando la vi en televisión luciendo barbijos acordes a su vestuario se me pararon los pelos. Verde, rosadito, naranja, negro y hasta floreado, los tapabocas de la funcionaria municipal han estado en todo este tiempo de cuarentena muy chic, como dirían los entendidos en moda o, al menos, los que creen serlo.

Pero no, no considero que ese utensilio médico sea considerado un accesorio de moda y más en una época tan sensible como la que estamos viviendo. Quizá con el tiempo cambie de parecer, pero por ahora no, no me entra que alguien –y menos una autoridad- esté en un hospital con su barbijo haciendo juego con su blusa, su camisa o su corbata; me parece de mal gusto.

El diccionario define ‘moda’ como “el conjunto de prendas de vestir, adornos y complementos que se basan en gustos, usos y costumbres que se usan durante un periodo de tiempo determinado”. Sobre el ‘barbijo’ dice: “pieza de tela con que, por asepsia, los médicos y auxiliares se cubren la boca y la nariz”. Y bueno, en estos tiempos esa mascarilla se volvió indispensable para cuidarnos del coronavirus todos los habitantes de este planeta o, para no generalizar (porque no sé cómo andan las tribus en África o los esquimales en Groenlandia), la gran mayoría.

Entonces, si relacionamos los conceptos anteriores vemos algo que no se lee, que no concuasa, que simplemente no corresponde. Barbijos con moda no va, a no ser que, como ya ocurrió en el pasado, el uso se imponga y los que se rehúsan a la idea –como yo; no debo ser el único- tengan que cerrar sus bocas y mirar calladingos la ‘transgresión’. Quizá un día me anime a ponerme un tapaboca estampado con dibujos animados o a juego con alguna de mis camisas.

Lo cierto es que en esta nuestra ciudad que tanto ama la moda o copiar lo que ya está hecho, se pueden encontrar barbijos con miles de diseños en las telas en que fueron confeccionadas (muchas no aptas para frenar virus), estampados, sublimados y bordados. Sí, ¡hay de todo y para todos! Muy caros, caritos, baratitos y casi casi regalados (muchos son tan delgados que hasta chulupis pasarían por su tejido). Los diseñadores de moda se apuraron a mostrar sus creaciones inspiradas en la Chiquitania y los productores de casacas carnavaleras ofrecen a las empresas sus modelos que incluyen el bordado de logotipos (bordados a granel, por si acaso). Al mismo tiempo tienen en su portafolio de productos trajes de bioseguridad (según dicen), pañuelos y pañoletas.

Particularmente, he invertido en barbijos para usar en la calle o en lugares con aglomeraciones. Me he cerciorado de que sean realmente útiles y que valga la pena mi molestia al usarlos. Porque sí, usarlos es realmente agobiante, hasta transpiro más cuando los tengo puestos y siento que limitan mi respiración. Realmente admiro a quienes tienen que usarlos varias horas al día y todos los días. 

Dicen que tenemos que adaptarnos a ellos, que serán parte de nuestras vidas de aquí en adelante. Pero me resisto. Me resisto a que sean moda, a que tengamos que mirar cuál nos queda bien y con qué ropa ponérnoslo. No quiero cubrir mi nariz y boca porque quiero sentir mi cara despejada (ni lentes uso porque me incomodan). Quiero verle la cara a la gente, saber si me están sonriendo o si no los estoy emputando con mis charlas. Quiero reconocer a mis amigos en la calle y llegar de visita a casa de mis nietos sin miedo a asustarlos.  

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *