Mi rollito

Siempre me negué a seguir cánones de belleza que me puedan molestar, pero respeto a las mujeres que se someten a altos niveles de estrés para conseguir el cuerpo soñado.

Autora: Mónica Oblitas, desde San José, Costa Rica

Estoy viviendo fuera de Bolivia desde hace más de un año y he tenido que reinventarme haciendo cosas que nunca pensé que haría. La ventaja de que nadie te conozca es que no tienes que aparentar nada; si te da la gana de salir en pijama, puedes hacerlo y a lo máximo que te expondrás es a una cara de sorpresa (o varias), pero nada más. Ninguna de esas caras será la de tu tía que le irá con el chisme a tu mamá (“¡Por Dios, que la Moniquita está hecha un desastre”) o la de tu suegra o la de la amiga chinchi que siempre está perfecta incluso para ir a comprar pan al mercado. Sí, estás mucho más sola, pero eres más libre y eso tiene sus ventajas, aunque obviamente jamás se comparan con sentir el amor de los tuyos. Pero vamos al rollo. Literalmente.

En este tiempo que estoy en Costa Rica me he especializado en nutrición veterinaria, algo que me encanta porque siempre he amado a los animales, sobre todo a los perros. Con esto en mente, estudié los fundamentos de una nutrición responsable y saludable para mis dos perritas y he puesto un negocio online de repostería para mascotas el cual, si bien no me permite pagar cuentas mayores, por lo menos me entretiene, me enseña cosas útiles y mantiene saludables a esas criaturas peludas que amo tanto.

Ha sido un paliativo en este tiempo de pandemia en el que encima he tenido que estar en reposo por mi caprichosa rodilla que ha decidido quebrarse en el momento menos oportuno, a la semana de haber llegado a este paraíso verde. Operación va y fisioterapia viene, no he estado en mi momento más atlético, aunque confieso que ese momento lo viví a los 15 y de ahí como que lo archivé, desempolvándolo solamente cuando había que bailar en alguna disco o correr por alguna marcha que estaba cubriendo.  En fin… acá estoy divagando y recordando los viejos y buenos tiempos donde la adrenalina me jugaba a favor y no en contra.

La cosa es que galletita por acá, quequecito por aquí, (porque siguiendo la premisa de mi buen amigo Danilo Kuljis, nunca le des a tu perro algo que tú no comerías y yo siempre pruebo mis productos), Costa Rica me está dejando de recuerdo unos buenos kilos demás, los que increíblemente no me molestan tanto acá como me molestarían en La Paz. Pese a que las paceñas tenemos que vestirnos como cebollas y lo último que podemos es andar presumiendo de siluetas de sirena bajo tanta chamarra y chompa. Sí que sabemos criticar, como si nos pagaran por ello; lenguas viperinas, diría mi abuela.

Acá a las mujeres ticas (o costarricenses) el clima las obliga a mostrar mucho más piel y muchas se cuidan al extremo (pero realmente hasta la última pestaña), pero también hay las que viven a su aire y se ponen un biquini con sus rollos y sus años al aire sin que el hecho de que los demás opinen al respecto les importe un carajo. Bueno, sin quererlo mucho, pero sin que me quede de otra, yo he entrado a ese grupo. Tengo 50 años, soy abuela y tengo unos rollos que si quisiera ocultar tendría que meterlos en una faja de esas que siempre juré nunca usaría, porque me parecen castrantes; esas en las que se embuten las señoras para parecer de 20, cuando en realidad no hay faja que pueda ocultarles la cara de más de cuatro décadas.

Siempre me he negado a seguir cánones de belleza que me puedan molestar. No uso tacones porque amo demasiado mis pies y no pienso torturarlos; no uso mucho maquillaje porque me da pereza tener que sacármelo; nunca me he puesto uñas postizas ni las llevo largas porque me parecen incómodas para lavar los platos y hasta para rascarme la nariz; detesto las medias panty y así, un largo etcétera. No entiendo, pero sí respeto, a las mujeres que se someten a altos niveles de estrés por mantener su belleza, se matan con dietas, haciendo ejercicio, encaramadas en tacones de vértigo, siguiendo un modelo que me es difícil entender que hayan impuesto las propias féminas para sus congéneres; pero cada una es dueña de su cuerpo y de vestirlo, adornarlo y engordarlo como quiera. Así las cosas, he decidido dejar de luchar contra mis rollitos y mis arrugas y lucirlos como lo que son: muestras de que los años no pasan en vano y que te dejan marcas que pueden ser, según las veas, crueles cicatrices o ejemplos de que has vivido. Y he aquí que, por lo menos yo, no estoy dispuesta a que esos bultitos grasosos sean incordios, sino muestras de que prefiero tener unos kilos más y lucirlos. No quiero dejar de compartir esa deliciosa cena cocinada por mi marido, su forma de demostrarme su amor o ese pastel con el que alguna vez acompaño mi café para no sentirme tan sola. De rollos está hecha la vida, cada uno elige cómo va a enfrentarse a los suyos.

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