Mi vecino, el hospital

En una etapa avanzada de la crisis sanitaria, el virus parece estar ahora en todos lados y después de casi 90 días en cuarentena, ya no hay plata ni para comer en varios barrios

Autora: Claudia Siles

Llega en su moto, vestido como un astronauta. Estaciona en la vereda del frente al gran hospital y desde allí comienza un diálogo al estilo de la pandemia. Teléfono en mano, fija sus ojos en un gran ventanal del segundo piso, donde aparece ella. Los separan unos 100 metros, pero suficiente para matar la nostalgia y transmitir ánimo a esa dama que hoy está internada en este hospital, referencia para COVID-19 en Santa Cruz de la Sierra.

No hace falta saber qué se dicen. Los gestos, las señas, lo cuentan todo. Con el teléfono al oído, el joven se toca el pecho con una mano y envía su corazón en dirección al ventanal donde ella está apoyada, de bata, mirando hacia la calle. Un par de palabras más y luego él toca sus labios con su mano para lanzar un beso antes de irse. Así de breve, así de especial es la forma de comunicarse en tiempos de pandemia por el nuevo coronavirus. Los pacientes no reciben visitas y los más afortunados, si están en condiciones de hablar, lo harán solo a través del teléfono, mirándose a la distancia, como en este caso.

Quienes se han recuperado cuentan que el apoyo familiar resultó fundamental para salir del hoyo. Pero la facilidad con la que se transmite el mal impone que los enfermos sean aislados y destinados a encarar la lucha contra la muerte vestida de virus, sin más compañía que la de otros enfermos, a los que muchas veces también tocará verlos morir. Si a estas alturas de la pandemia los muertos se cuentan por decenas todas las noches, es señal de que algo estamos haciendo mal en el combate al COVID-19.

A finales de febrero, cuando este hospital de segundo nivel fue nombrado centro de referencia para pacientes del nuevo coronavirus, los pacientes de otros males fueron derivados. Hubo médicos y enfermeras que pidieron ser transferidos a otros hospitales, pero no lo lograron. Y cuando llegaron los primeros afectados por COVID-19, el personal quedó perplejo por un momento, y luego se amotinó. Se los vio en los jardines del hospital, reclamando a su director porque les llegaba el virus y no habían recibido la anunciada capacitación, les faltaba personal y no tenían los elementos de bioseguridad que se les había prometido. Los vecinos de barrios aledaños también entraron en nerviosismo. Por aquellos días, el virus era un villano conocido solo por las noticias. Organizaron un bloqueo y guardaron vigilia una noche en protesta porque nadie quería la enfermedad cerca.

Hoy, mucha agua ya ha pasado bajo el puente. El famoso virus llegó nomás. Los vecinos aplacaron sus reclamos. El director fue cambiado. Los médicos y enfermeras no tuvieron más que adaptarse a lo que venía. El hospital nuevo y grande, que jamás había podido funcionar al 100 % por falta de ítems y equipamiento, alcanzó su capacidad plena en tiempos de COVID-19.

A mediados de junio, este hospital está colapsado como todos los demás. Enfermeras auxiliares y hasta médicos volvieron a protestar hace un par de semanas para pedir que de una vez los incluyan como funcionarios fijos del sistema público de salud y que les doten de elementos de bioseguridad para no tener que usar el mismo barbijo o la misma ropa con múltiples pacientes, en contravención a los protocolos sanitarios.

Durante un buen tiempo nadie quería ni pasar por el centro médico. La calle lucía vacía. Tal vez es porque al principio se acataba más la cuarentena. Solo se veían entrar y salir ambulancias, previo protocolo de desinfección. Poco a poco, esto ha ido cambiando. Hoy, familiares de pacientes internados se acercan con intención de ver o por lo menos estar más cerca de los suyos. Otros deambulan afuera a la espera de algún informe médico y otros, más desesperados, lanzan sus pedidos de auxilio con letreros en las veredas.

“Mi esposo se me muere, no sé qué hacer”, dice María Luisa, una mujer que tiene a su esposo internado en el hospital. El hombre, de 47 años y con discapacidad, no vive sin diálisis dos veces por semana. En una de esas terapias esenciales para su salud contrajo el nuevo coronavirus y está internado desde la segunda quincena de mayo.

Un médico, cubierto de pies a cabeza por elementos de seguridad, dio su último informe el 15 de junio. Su voz apenas se escuchaba tras de barbijo, máscara de protección y otra máscara más tupida aún. Pero María Luisa escuchó lo suficiente como para alarmarse: el paciente ha comenzado a sangrar, su estado es delicado y necesita un servicio mucho más especializado, con el que el hospital no cuenta. La orden es que sea trasladado a otro.

María Luisa no puede evitar las lágrimas. Dice que ese otro hospital ya lo ha rechazado y siente que la vida de su esposo se le va de las manos. No ha dormido en todos estos días porque se la pasa rondando el nosocomio. Dos familiares le acompañan esta vez con carteles que gritan su impotencia. Ayuda o muerte, dicen. Oran, imploran, reclaman y lloran. Descansan un par de minutos y otra vez empiezan ese circuito de dolor. Finalmente, ellos mismos se dan fuerzas y van en busca de un automóvil para trasladar al paciente. Entre ellos se dicen que hay que confiar en que la Virgen María está viendo su dolor e intercederá para que, esta vez, la transferencia al nuevo hospital se haga realidad.

Creo que hay tanto trabajo en ese hospital, que no se ha vuelto a ver reclamos de parte del personal. Pero no quiere decir que todo esté bien. La emergencia está ahí. Desde las calles vecinas da para temer lo que pueda venir. Los dirigentes vecinales del distrito municipal número 6, al que pertenece el nosocomio, ya están palpando los efectos. Los otros centros de salud de la zona están también con problemas. Algunos bajaron el número de horas de atención y otros están a punto de cerrar. La razón tiene que ver con problemas reiterativos: falta de personal, equipos y de insumos de bioseguridad. Esto también incluye al gran hospital.

Hay personal médico de baja por el virus y por otros temas de salud, pero no han sido remplazados. Las dotaciones de barbijos, guantes y otros se van acabando y hay equipos médicos que nunca llegaron y que hoy hacen más falta que nunca. En una etapa avanzada de la crisis sanitaria, el virus parece estar ahora en todos lados y después de casi 90 días en cuarentena, ya no hay plata ni para comer en varios barrios. Por eso, la campaña para recaudar fondos para los centros de salud no prospera.

Ante el colapso de los centros asistenciales y la explosión de casos de coronavirus, las autoridades acaban de lanzar un plan nuevo de ataque al virus. Harán rastrillaje casa por casa. En la práctica, no se sabe cuán rápido funcionará esto y si hay condiciones de hacerlo, pero igual, todos ruegan que sea posible, porque los barrios están sufriendo. La gente se está enfermando y no tiene ni para comer, peor para comprar medicinas. La dirigente del barrio Santa Lucía, Giovana Gutiérrez, está desesperada. Manda un audio en el que casi pide auxilio. Se siente impotente. Hay cada vez más gente de la Unidad Vecinal 322, casi en la jurisdicción del vecino municipio de Cotoca, con síntomas del COVID-19. “Llaman a las brigadas y solo vienen a hacerle preguntas sobre los síntomas y a hacerles firmar una declaración jurada en la que aceptan no salir de sus casas. De medicinas, nada. No hay apoyo. Ya van cuatro días que una familia llamó y no han recibido tratamiento ninguno. Esa gente no tiene ni para comer”, explica con mucho pesar.

Escuchar esto es entender de otra forma los datos que nos actualizan todas las noches las autoridades de salud. Los contagios van en aumento porque la gente ya no respeta la cuarentena. Y no la respeta porque el hambre ya cala hondo y no hay quién la aguante. En las casas hay gente que enferma y sin medicación temprana, el cuadro tiende a agravarse. Por eso, los casos que llegan a los hospitales ya son demasiado avanzados y tienden a convertirse en aquellos números que dice la autoridad de salud: 77 pacientes están en terapia intensiva y 71 conectados a un respirador.

El rastrillaje, el llamado a actuar todos en unidad aparece ahora como la gran esperanza. En estos momentos queremos creer que de verdad se hará el rastrillaje, que finalmente detectaremos los casos antes de que sean candidatos a ocupar una terapia intensiva, que las familias se sentirán apoyadas para encarar al virus. Mientras ciframos nuestras esperanzas en esto, los dirigentes vecinales siguen enviando cartas a las autoridades y pidiendo aunque sea un peso a los vecinos que puedan darlo. Todo, con tal de que los centros de salud no se cierren, porque sí que hacen falta.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *