Por sus mensajes los conoceréis

La pandemia sirvió para trazarnos un perfil mental de cada vecino, aún sin conocerlos. Cada texto que comparten o respuesta que dan muestra su verdadera esencia.

Autora: Claudia Siles

Estos días de pandemia parecen haber puesto a la gente a reflexionar mucho. Es como si la muerte cercana, el miedo que despierta un virus desconocido y la incertidumbre de cómo vencerlo, hubieran animado a muchos a dar lecciones de vida.

Así, entre una red social y otra, y en medios más formales y tradicionales también, he leído de todo un poco. Sin pedirlos y sin cobrarlos, ahí están estos mensajes. Muchos son tan livianos, que uno desearía que se los lleve la ventolera de agosto. Hay otros de creación propia, que muestran que hubo un cierto tiempo invertido en meditaciones y un válido análisis. 

También están los consejos copiados de algún lado (sin dar crédito), los rebuscados, apocalípticos, premonitorios y muy pocos científicos. Todos tienen algo en común: reflejan el sentir de alguien, procuran compartir algún punto de vista determinado, la lección aprendida de muchos y, sobre todo, creo que muestran la esencia de cada ser humano.

Quizás por eso de que los mensajes reflejan de qué está hecho cada quién, analizarlos se me ha hecho una práctica interesante e inconsciente, pero, sobre todo, útil. Es que a muchas personas con las que hoy comparto algún grupo en las redes sociales, no las conozco físicamente. El encierro rígido en el que nos metió la pandemia hizo que nos agruparan, para resolver temas de abastecimiento, principalmente. Como estábamos obligados a permanecer en casa, el vecino que pudiera ayudar a conseguir víveres era más que necesario.

A medida que se fue avanzando en la emergencia sanitaria, la información que se compartía en los grupos se adaptaba y tenía que ver con lo que más preocupaba en determinado momento. Las recetas caseras para combatir al coronavirus afloraron, luego los medicamentos básicos para aniquilar al villano, basados en los comentarios que se corren boca a boca.

En determinado momento, los mensajes destilaban el pánico de que aparezca algún infectado cercano. La discriminación sutilmente se deslizaba en cada palabra emitida. Luego vino la etapa de la paranoia, en la que todos tenían miedo de todo y de todos, al punto de que cualquiera pudiera rechazar al otro, sin remordimientos.

También llegamos a intercambiar recetas de cocina y médicas. Desde la más casera, hasta la que tiene un supuesto aval científico. Y los videos que hablaban de la maquinación para controlar al mundo nos ofuscaron la mente por un momento. 

Posterior a esto, pasamos a una fase de cansancio. El encierro prolongado probó que puede enloquecer a cualquiera. La necesidad de romper la rutina afloró más temprano en unos que en otros. Entonces surgieron mensajes subidos de tono. Aparecieron las peleas porque Fulano salió sin barbijo y Sutano dejó entrar visitas a su casa. Así fue, hasta que el tedio le ganó al miedo, y entonces eran muchos los que, a escondidas, planeaban juntes, que todavía están prohibidos, pero que cada viernes son más numerosos.

Así es como hoy, después de más de cien días de cuarentena, puedo saber cómo es cierto vecino y qué esperar de él. Los textos que intercambia, los memes que comparte, la forma en que reacciona a las cosas buenas y a las no tan buenas. Cada una de sus intervenciones va creando las condiciones para hacerse un perfil mental de cada vecino.

Puedo decir, entonces, a partir de lo que muestra el grupo de Whatsapp, que nuestro vecindario es como la misma viña del Señor. Aquí hay de todo.

Está el vecino protestón, que solo habla para reclamar, renegar, criticar. No lo hace porque algo esté mal, sino porque simplemente quiere disentir de todo y de todos; es su forma de llamar la atención. Está el educado, que siempre tiene una palabra formal y respetuosa para dar. Más allá está el religioso empedernido, al que nunca le faltan los mensajes bíblicos y sus propias interpretaciones. El belicoso, por otro lado, no hay cómo ignorarlo, igual que el parrandero y, cómo no, el camarillero, que se opone a todo, a menos que su camarilla esté tras del caso. 

Gracias a Dios, también debo reconocer que existe el vecino silencioso y formal. Uno puede hasta olvidarse que existe, pues en las cosas banales no emitirá ningún comentario, por muy grande que sea la provocación. Agradezco también que exista el vecino franco, capaz de llamarle la atención a quien lo merece, sin saber si vive a su lado, al frente o tres cuadras más allá. 

He aprendido también que muchas personas tienen necesidad de buscar apoyo, respaldo para sus puntos de vista. No sé si son inseguras o qué exactamente. En vez de acudir al vecino que cometió un abuso, optan por lanzar un comentario en el grupo, buscando respaldo y hablando del tema como si fuera un mal generalizado, cuando en realidad es un problema entre dos. El problema chico lo vuelve grande, sin sentido y sin necesidad. Muchos otros caen en su esquema y lo que se debía resolver sencillo, acaba siendo complicado.

Con pesar también he visto que hay gente que puede perder demasiado rápido el control y estallar como lo hizo el almacén con nitrato de amonio que explotó en Beirut. Sin ser sicóloga, creo que ese vecino está en serios problemas y por su salud mental, debería buscar ayuda. No quisiera estar cerca cuando toque la explosión y me imagino que vivir sin dominar su carácter debe ser bien frustrante.

Por todos estos días de observación y aprendizaje, debo decir que las personas somos seres muy complejos, por no decir complicados. Sin embargo, creo que vivir en sociedad es un mal necesario. Somos seres sociales y no hay duda de que juntos podemos hacer mucho. Eso sí, no será fácil. Cada ciudadano de este mundo viene con su genio, sus ideas, sus talentos y sus taras. Y lo único que puedo ratificar es que, en tiempos de redes sociales, no solo por sus acciones sino también por sus mensajes los conoceréis.

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