‘Profe’ por casualidad

Dar clases de Lenguaje me hizo retomar el gusto por la lectura. ‘Enseñar’ es un placer y más aún si los niños son brillantes

Autor: Rildo Barba

Las muchas y airadas reacciones surgidas en Facebook por la clausura del año escolar, me hizo publicar en mi muro un aviso ofreciendo mis servicios como maestro de Lenguaje. Supuestamente, iba a enseñar a niños y jóvenes ortografía, puntuación, redacción y lectura comprensiva. Lo hice a modo de chiste, quizá para meterle leña al pandemónium que se había armado entre padres alarmados por la educación de sus hijos. Pero con varias personas preguntándome en privado cuánto cobraba, para chicos de qué edades eran mis cursos y que si eran presenciales o por videollamadas, paré orejas y en mis ojazos tapatíos (como decía Quico) se dibujaron unos símbolos de dinero: $ $. A río revuelto, ganancia de pescadores.

Si la gente está vendiendo de todo en estos tiempos (una amiga se gana la vida siendo cariñosa con un par de señores, por ejemplo), ¿por qué yo no puedo vender mis conocimientos? (Juro que si tuviese un cuerpo de Adonis, ya hubiera hecho harta plata “compartiéndolo”). Y con la típica frase “lo importante es trabajar” en la cabeza, le metí a la ‘pedagogía’. Casi todo el día atendí llamadas y mensajes, e inscribiendo alumnos. ¡Y en menos de siete horas no tenía cupo disponible!

La primera semana de clases pasó rápido, lo que comprueba que cuando se está ocupado el tiempo transcurre volando. No, no estaba tan de vago, pero no tenía horarios marcados con nadie y eso me despreocupaba. ¡Feliz de la vida estaba el camba! Pero los alumnos que me tocaron son realmente brillantes; imagino que son justo lo que añoran todos los profesores del mundo: no hay que repetirles las cosas, captan rapidísimo, se expresan muy bien y son educaditos, ¡ningunas bendiciones insoportables!

Entre mis 12 estudiantes tengo a una presentadora de televisión, amiga mía desde hace años, que al ver mi aviso me contactó para pedirme ser partícipe de mis clases. “No soy tan burra, tengo algunas inseguridades al escribir y sé que vos me podés ayudar”, me dijo. Y sí, la chica no es burra y lo mejor es que tiene ganas de aprender, cosa que deberíamos de tener todos en este mundo, y cosa a la que –debo admitir- yo me niego en ciertas disciplinas. ¿Un ejemplo? No quiero aprender a utilizar Excel (quizá sea por mi ‘fobia’ a los números).

Quienes me conocen bien saben que no tengo paciencia para repetir lo que digo y, claro está, para enseñar. Saben que me sacan de quicio los que no captan a la primera y, peor aun, que me entiendan mal. Y aunque en un primer momento no recordé esa particularidad que tengo, agradezco a Dios por los chicos que me mandó, incluida mi amiga tan tenaz. De todos modos, estoy seguro de que me hubiese aguantado cualquier ‘eventualidad’. Ni modos, casi todos pagaron por adelantado.

Me gustó enseñar, aunque confieso que no lo he hecho tanto. Mis estudiantes son niños de entre siete y 12 años, y todos saben mucho. Las reglas de acentuación las conocen y aplican a la perfección. ¡Ni con los hiatos tienen problemas! Y me da gusto escucharlos expresarse correctamente, mejor que los reporteros de los noticiarios locales. Usan palabras poco comunes, obviamente aprendidas de la televisión internacional, de los doblajes al español latino de series y películas. Además, me contaron que leen, que sus padres les compran libros mensualmente o ellos mismos se buscan lecturas en Google. Una chica de 11 años ya está a más de la mitad de “Las mil y una noches”, y dice que nada tiene que ver con la telenovela turca que vio con su mamá; que Sherezada es una mujer astuta, inteligente y una gran narradora de historias.

No sé hasta cuándo estaré con esta tarea que me ha motivado a buscar títulos nuevamente. En los cuatro meses que llevamos de cuarentena (yo cumpliéndola casi casi a cabalidad), no había agarrado un libro. Y sigo sin hacerlo, solo que he buscado opciones en internet y ahí ando enfrascado (¡sufriendo!) con “Casita robada”, de la argentina María Josefina Cerrutti. Quizá su nombre no les suene como bombo chaqueño, pero su narración es muy entretenida y en la obra que leo retrata la época paramilitar de nuestro vecino del Sur, vista desde sus ojos.

Y hablando de robo, no pretendo robar a los padres de mis alumnos con clases que ellos definitivamente no necesitan. Así que, apenas se cumpla el mes pagado, los despacharé y desearé que sigan formándose como lo hacen (ojalá mis nietos sean como ellos). No sé qué haré con mi amiga, dependerá de ella si quiere seguir. Repito: no es burra, solo que es insegura y a veces confunde ciertos términos. ¿Si seguiré con los cursos? Creo que sí, es una entrada de plata que no puedo desaprovechar en esta época. Además, me sirvió para retomar mi gusto por la lectura y para recordar mis días de “profe” en Cochabamba, cuando mi amiga Lourdes me cedió una clase “de algo” (no se qué se llamaba la materia) en un colegio. ¿Qué enseñé? Primeros auxilios. Sí, repliqué lo aprendido en un curso de la universidad (estudiaba Medicina). Después (cuando estudiaba Comunicación Social acá, en Santa Cruz), fui ayudante de cátedra de Lingüística; así que también traje ese tiempo a mi memoria tan enclenque.

Veremos qué pasa. Mientras el COVID-19 sigue en sus anchas, la cuarentena está cada vez más relajada y la situación política del país es una desgracia, hay que seguir remando. No queda de otra.

Una respuesta

  1. Saber leer es muy importante, a mi hija de 10 años la verdad la obligo a leer , le digo que ella escoja no importa lo que lea con tal que le interese , porque cuando uno lee a su edad aprende palabras nuevas, comprende lo que quiere decir el texto, en un futuro le servirá para estudiar sin memorizar.

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