¿Qué recordaremos de la pandemia?

Los recuerdos de esta época variarán en el imaginario colectivo. Muchos serán marcados por intensas emociones y estados de ánimo. Unos tendrán como fuente la esperanza y otros inducirán a sensaciones de pérdida y tristeza

Autora: Leticia Jordán

Cuando hay un evento muy fuerte en nuestras vidas, los recuerdos e imágenes se anclan con fuerza en nuestra memoria. En marzo le decía a mi hijo de 12 años que lo que estamos pasando es algo que nunca habíamos vivido y que cuando él sea grande muchos le preguntarán: ¿qué hizo en la pandemia?, ¿cómo vivió esos días?, ¿qué es lo que más recuerda?, ¿dónde vivía?… Y así saldrán pequeños relatos con diferentes protagonistas cercanos a nosotros.

La crisis sanitaria por el COVID-19 nos alcanzó de sorpresa. En el inicio todos percibíamos el evento como algo lejano y no imaginamos que el virus acabaría expandiéndose en el mundo hasta llegar a nosotros.

Como es un acontecimiento único, recordaremos muchos detalles de este periodo por más intrascendentes que hayan parecido a un principio. Con el tiempo muchas cosas tomaran sentido, sin ir lejos las medidas de bioseguridad… Al comienzo nos parecía exagerado ver a personas con máscaras faciales o guantes, y hoy esa situación se ha vuelto normal y necesaria.

Recientemente leí en una nota de un diario de España el informe de los expertos del Centro de Investigación Mente, Cerebro y Comportamiento de la Universidad de Granada, quienes han advertido que la población construirá durante esta cuarentena “memorias de destello”, que son los recuerdos nítidos que no se desvanecen y que perduran toda la vida. Sin embargo, los expertos también señalan que un obstáculo para tener claridad en nuestros recuerdos es la rutina repetitiva, que es parte del confinamiento: los días se parecen demasiado y en ocasiones llegamos a perdernos en el tiempo.

Somos muchos los que hemos perdido la cuenta de los días que llevamos de encierro. En Catar, como en otras ciudades, hubo un momento en la que la principal recomendación era evitar salir de nuestras casas, que solo lo hagamos para lo estrictamente necesario; entonces, el temor por salir se apoderó de muchos y el peligro invadía nuestros espacios. Este nuevo escenario me llevó a evocar el inquieto cuento “Casa tomada” del argentino Julio Cortázar, que escribió de un tirón sus líneas luego de una pesadilla, algo similar a lo que vivimos en estos días.  

En una entrevista el narrador que escapó de etiquetas, moldes y formatos comentaba: “Yo soñé ‘Casa tomada’. La única diferencia entre lo soñado y el cuento es que en la pesadilla yo estaba solo. Yo estaba en una casa que es exactamente la casa que se describe en el cuento, se veía con muchos detalles, y en un momento dado escuché los ruidos por el lado de la cocina y cerré la puerta y retrocedí… en ese sonido estaba el espanto total. Yo me defendía como podía, cerrando las puertas y yendo hacia atrás. Hasta que me desperté de puro espanto” … “Entonces yo me precipitaba a cerrar la puerta y a poner todos los cerrojos para dejar la amenaza de otro lado. Y entonces durante un minuto me sentí tranquilo y parecía que la pesadilla volvía a convertirse en un sueño pacífico. Pero entonces de este lado de la puerta empezó de nuevo la sensación de miedo” … “Era pleno verano. Yo me desperté totalmente empapado por la pesadilla; era ya de mañana, me levanté, tenía la máquina de escribir en el dormitorio y esa misma mañana escribí el cuento de un tirón”.

Hoy estamos frente a un “mundo tomado”, que empezó con la intrusión gradual de un pequeño y desconocido virus, que por momentos consiguió asustar e inmovilizar al igual que los ruidos extraños (del cuento en mención). El paralelismo con lo que hoy vivimos se puede encontrar en varios fragmentos. En lo personal hay dos elementos potentes que me llevaron en estos días a recordar y releer el cuento; confieso que fue por tercera vez (la segunda fue el semestre pasado, cuando mi hijo analizó la obra en un taller de literatura latinoamericana en su universidad, en EEUU).

Recapitulando sobre los dos elementos que mentalmente me condujeron a comparar la realidad con el relato, el primero fue la ambivalencia: de amenaza y seguridad, que los personajes del cuento encuentran en su hogar; ellos hallan tranquilidad, orden y quietud del status quo en la interioridad de su morada, en el aislamiento y en la fuerza por aferrarse a atesorar los recuerdos familiares; y el segundo, es el constatar que la falsa seguridad del encierro no son argumentos sostenibles a largo plazo. En la narración de Cortázar es la misma casa que empuja a sus habitantes a salir al mundo exterior, invitándolos a tener conciencia del tiempo y a expresar sus emociones.

Este pequeño viaje hace evidente lo que siglos atrás afirmaba Aristóteles: “El hombre es un ser social por naturaleza”. A la larga, después del aislamiento, las personas valoraremos más nuestras relaciones interpersonales… El mundo exterior se convertirá en un espacio apreciado para compartir, conversar, coincidir, disentir, respirar, sentir el sol en la piel, el viento en el rostro y entender que lo ilógico es tan factible como lo real.

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