Señor policía…

Los agentes del orden están entre los peores pagados de la región. Son menospreciados por la ciudadanía y la corrupción, para la gran mayoría, va por un tema de necesidad

Autora: Mónica Oblitas

Jamás pensé que iba a escribir una columna con este tenor, pero es que me arden los dedos por hacerlo. La gota que rebalsó mi vaso para decidirme, sabiendo que me meto en un terreno poco grato, ha sido leer que unos policías que estaban patrullando para que se lleve a cabo un correcto cumplimiento de la cuarentena luego del aumento de casos en toda Bolivia, resultaron heridos por vecinos de la zona periférica en La Paz, que los recibieron a pedradas.

Los energúmenos rompieron vidrios, parabrisas, cabezas y narices. Pese a que los principales instigadores fueron detenidos, ya están listos para seguir contagiando y contagiándose de una enfermedad que, según el expresidente Evo Morales y sus esbirros, es un invento de la derecha y del ‘fucking capitalism’, pero ese es otro tema.

Lo que me ocupa acá es el desprecio absoluto que tenemos la mayoría de los bolivianos a la Policía, que obviamente no es ninguna monedita de oro, pero que al final es quien está llamada a hacer cumplir las leyes y a portar armas para ello, detalle no menor.

No, no olvido a Chaparina (ni al “Sacharina”) ni la represión a los discapacitados ni las veces, muchas veces, que la Policía abusó de personas vulnerables en mil y una situaciones, no lo olvido; pero nada justifica que ahora sus efectivos se hayan convertido en carne de cañón y estén muriendo sin velorio, sin entierro decente, sin más que un número, una mísera pensión para la viuda y los hijos y un anuncio en Twitter que sus familias nunca leerán.

Los policías bolivianos están entre los peores pagados de la región (los que estudiaron durante dos años en la Escuela Básica Policial tienen un salario mensual de 1.800 bolivianos. Este monto se va incrementando y alcanza a un máximo de 4.000 bolivianos después de 30 años de servicio), no se les dota ni siquiera de la indumentaria reglamentaria, ellos deben comprar su arma, remendar sus botas, su uniforme y ponerse el ridículo barbijo de papel y sentirse “seguros” para cuidar a una población que no quiere que la cuiden, que no aprecia los esfuerzos que se hacen por su vida, que es poco, muy poco, más que salvaje. Cómo sino se puede explicar que expulsen de sus casas a los enfermos y los dejen morir en las calles, que amenacen con quemar a los médicos y enfermeras que arriesgan su vida por cuidarlos, que quieran quemar también a quienes están contagiados… ¿A los autos extraños? ¿A la gente que no pertenece a sus barrios y que ellos no conocen? (Por cierto, qué manía pirómana la que tienen los alteños y ramas aledañas, incluidos por supuesto cocaleros del Chapare, de Caranavi, etc., con prenderle fuego a los presuntos ladrones, a los desconocidos, a los autos, a los edificios, a los animales… Me imagino a Tomás de Torquemada aplaudiendo eufórico desde el infierno a los “anticolonialistas” que se han quedado con esa huella en su psiquis y en su alma, grabada a fuego precisamente).

Los policías bolivianos no tienen psicólogos con quienes descargarse luego de un día de mierda, con bocinazos, insultos, intentos de soborno, pedidos de soborno, jaripeadas y/o gases, órdenes que no quieren cumplir o que no pueden, humillaciones varias y otros. La psicóloga es su familia, que debe sufrir la violencia contenida del uniformado sin tener tampoco un lugar donde apoyarse.

La jubilación del policía raso es miserable, por lo que muchos terminan como viejos guardias de seguridad que son fáciles de burlar y baratos para pagar. Sus viudas y huérfanos deben seguir sus vidas haciendo malabarismos para sobrevivir sin el padre, y así se repiten las historias en la “gloriosa” institución verde olivo.

Ojo. Me refiero solo y exclusivamente a sargentos y clases, a los oficiales de bajo rango, a aquel al que le pides te deje pasar cuando tienes unos tragos de más y estás manejando y le ofreces 50 bolivianos, si te sientes generoso, porque sabes que eso le dará de comer a su familia; al que insultas diciéndole jacho de mierda (paco también) porque extrañamente te crees superior que él, actitud que jamás tendrías con el carabinero chileno que te pide tu pasaporte cuando te vas de vacaciones a Arica (y ni pensar en un policía gringo, ahí se te mojan los pantalones de solo imaginarte que un ‘redneck’ de 1,90 te ponga la rodilla al cuello).

De coroneles, capitanes, tenientes y más arriba no tengo qué decir más que son, en la mayoría, abusivos con sus inferiores y con menos mérito que las panzas que inflan sus uniformes. Esa diferencia entre los que están en la calle y los que están en la foto, entre los que se juegan la vida y los que juegan con la vida de sus subordinados, es parte de todo lo que hay que solucionar en la Policía Boliviana. Mientras eso no pase será muy difícil pensar algún día en una madre que se sienta orgullosa y confiada en el porvenir de su hijo al saber que su retoño quiere ser policía.

Los agentes municipales merecen una columna aparte, y la tendrán. Como también merecen respeto y, al igual que sus camaradas policías, no lo tienen.

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