Sin respuesta a una corona con saña

Capaces de clonar, de modificar genes o crear inteligencia artificial; sentíamos que nuestra ciencia estaba tan avanzada, que ninguna peste sería capaz de avanzar mucho sin ser detectada y combatida tempranamente. Estábamos equivocados

Autora: Claudia Siles

Algo raro ocurre. Por muy nuevo que sea el virus que hoy ataca al mundo y que tiene casi en suspenso el año 2020, nada explica que hasta ahora haya transcurrido todo este tiempo sin poder dar respuesta a un virus. Nos la pasamos contando muertos, viendo cómo la economía se va en bajada y siendo simples testigos de cómo el mundo gira en torno a una corona que actúa como si estuviera puesta con saña.

Si hubieran pintado este panorama hace un año, probablemente nadie hubiera creído. Desde que el brote de enfermedad por coronavirus (COVID-19) fue notificado por primera vez en Wuhan (China) el 31 de diciembre de 2019, el mundo va como a ciegas. Y así, medio año transcurre y no hay todavía un antídoto, una vacuna; apenas algunos intentos que ya fueron descalificados y otros que deben ser sometidos a prueba.

La Organización Mundial de la Salud (OMS), la institución de donde salen las directrices para encarar serios temas de salud en el mundo desde 1948, hoy parece que hubiera perdido todas sus capacidades. La creíamos atenta al surgimiento de nuevos y antiguos males para neutralizarlos antes de que se esparcieran por todo el mundo. Los resultados evidencian que algo no está funcionando como pensábamos.

En la página oficial, la OMS informa que está acelerando la investigación, que está ayudando a los países a prepararse e indicando a las personas cómo protegerse. Lo que vemos difiere un poco de eso. Uno a uno, los países van escribiendo su experiencia triste con el virus, el número de infectados y muertos sigue en crecida. El país que creía haber superado lo peor intenta ponerse de nuevo a producir, pero pronto se da cuenta de que todavía falta encarar el rebrote. 

Esconderse en casa sigue siendo la única medida para contener al virus, una fórmula para nada científica y que no se puede mantener por siempre. La gente, cansada del aislamiento, empieza a romper las cuarentenas con rebeldía en muchos lugares. Y en medio de ese contexto, lo cierto es que todavía no hay nada concreto para eliminar al enemigo invisible.

Las pandemias no son extrañas en la historia del mundo. Los expertos de la OMS aseguran que los cambios en la forma en que la humanidad habita el planeta hacen inevitable la aparición de más enfermedades nuevas. Seguramente así es. Lo que hoy sorprende es la capacidad de respuesta que tenemos para neutralizar esas mutaciones y adaptaciones constantes que el mundo microbiano aplica en su afán de supervivencia. 

Es como si nada hubiéramos aprendido, o poco hubiera cambiado desde que se dio una de las primeras pandemias, la de la peste negra, que hizo estragos en Eurasia a mediados del Siglo XIV. Nadie le daba mucha importancia hasta que vieron que la plaga no discriminaba: atacaba a mendigos y no se detenía ante reyes. Nadie sabía de dónde venía ni cómo controlarla, mientras los muertos sumaban y las zonas de ataque se multiplicaban.

El nuevo coronavirus llega hoy de forma muy similar a como lo hizo la peste negra en su momento. Supimos de su existencia cuando China decidió hacerlo público. Vimos cómo causaba bajas por Asia y se expandía con facilidad a Europa. Pese a ello, la concebíamos como un tema que no era de preocupar demasiado. Estábamos subestimando a la nueva peste, o sobredimensionando nuestro avance científico, porque apenas comienza junio y la pandemia del nuevo coronavirus ya supera los 421.0000 muertos.

Con todo el avance tecnológico del mundo moderno, creíamos que nuestra capacidad de investigar era mucho más efectiva ahora. Pensábamos que tener una red segura de vigilancia epidemiológica era tarea básica y cumplida. Con equipos capaces de clonar, de modificar genes o de crear inteligencia artificial, sentíamos que nuestra ciencia estaba tan avanzada que ninguna peste sería capaz de avanzar mucho sin ser detectada y combatida tempranamente.

Una pandemia jamás ha sido fácil de controlar. La historia lo demuestra. La peste negra surgió y tuvo brotes en diferentes épocas, hasta que aparecieron los primeros estudios para vincular esta plaga 

con las ratas que convivían con las personas en todas las ciudades, viajaban en barcos y se deslizaban por las rendijas de los castillos. No eran propiamente los roedores, sino las pulgas que estos animalitos llevaban las que transmitían el mal. 

Para tratar la peste negra se utilizaban antibióticos. Generalmente, también se necesitaba oxígeno, líquidos intravenosos y asistencia respiratoria. En un increíble parecido con la plaga que hoy tiene al mundo en vilo, las personas con peste, en su variedad neumónica, debían mantenerse apartadas de cuidadores y de pacientes con otros males.

Otras enfermedades que diezmaron la población europea también fueron consideradas pandemias. La viruela, en el siglo XVIII; la gripe española, a fines de la Primera Guerra Mundial; y la gripe aviar, en 1957, todas ellas causaron millones de muertes, pero fue a partir de la gripe aviar que la OMS comenzó a trabajar por el desarrollo de vacunas para paliar el efecto de un virus mutante. Una variación de esta fue la gripe de Hong Kong, que provocó un millón de muertes en 1968.

De ahí en adelante, la palabra pandemia se mantuvo más discreta, pues los brotes de enfermedades no llegaban a ser catalogados como tal. La última enfermedad que fue denominada así apareció en 1981, cuando apareció el virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH). Era capaz de agotar el sistema inmunológico de las personas y matar al 80 % de los afectados, si no se trataban a tiempo. Si bien no hay cura todavía, existen tratamientos que pueden disminuir la enfermedad hasta casi eliminarla del organismo.

El nuevo coronavirus llega ahora, en 2020, para reactivar el término “pandemia” y si bien no llega al millón el número de muertos, lamentablemente, hay todavía tiempo de seguir sumando. 

El virus aparece en un año que ya se pintaba especial, no sé si por la duplicidad de sus dígitos o porque es un año bisiesto. Lo cierto es que desde que surgió en China todo ha sido raro o resulta de algún modo estar cubierto con un velo de misterio. Por ejemplo: hasta ahora no está claro si fue un virus que se escapó de un laboratorio o si fue la famosa sopa de murciélago la que lo originó. Tampoco se sabe si representa una especie de guerra biológica para que las grandes economías de países tradicionales tambaleen o si es parte natural del ciclo perverso que cumplen los virus en el mundo.

Resulta toda una paradoja que entre tanto avance científico y tecnológico, el lavado de manos sea una de las medidas más recomendadas, y que en un mundo cada vez más conectado el desafío para sobrevivir sea el mantenerse aislados. 

El mundo moderno, que parecía listo para crear alimentos en tabletas, que se sentía capaz de expandirse a otros planetas, de crear sin límites, choca de frente con desafíos mucho más cercanos y básicos. Un simple virus, de la familia de la conocidísima y antigua gripe, puede dejarnos sin respirar en un dos por tres y es capaz de matar, tanto como en el siglo XIV.

El ser humano subestimó la capacidad de contagio y de destrucción con la que venía el nuevo coronavirus. Aún después de ver su paso por varios países, hubo quienes creyeron que era solo un invento o una estrategia de los políticos de este lado o del otro. Y mientras los científicos buscan una cura, seguimos dependiendo de un tapabocas, del lavado de manos y del aislamiento social para seguir viviendo. Como señala un meme de los tantos que circulan por ahí: 2020 es el año del ratón, aludiendo jocosamente a la manera en que los chinos suelen organizar su calendario. Estamos todos escondidos, solo salimos para buscar comida, almacenamos víveres y cuando vemos personas, huimos. Toda una decepción para el mundo de hoy. 

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