Un agasajo en bicicletas

Celebramos el Día del Padre (en EEUU) olvidándonos de la pandemia. Volví a pedalear después de muchos años

Colaboradora: Ruth Nair Durán (desde Virginia, EEUU)

A unas tres semanitas de empezar la cuarentena, mis hijos de cinco y siete años se propusieron andar en bicicletas sin ruedas de entrenamiento. Mi esposo tenía la misión de unírseles en la práctica, pero había estado postergándola desde hacía mucho tiempo por su trabajo, cansancio, clima, etc. Ya con el confinamiento, él se puso manos a la obra y, en cuestión de dos tardes, los muchachos estaban listos para salir a pasear en sus bicis con su papá. La pandemia nos regala la oportunidad de poder realizar muchos “pendientes” de la larga lista que probablemente muchos, sino todos, tenemos.

Estando en esa tarea, a mi esposo se le ocurrió encontrar una bicicleta para mí. No fue fácil, ya que por la distancia social aconsejada en estos días, andar en bici es una actividad muy popular y, como se sabe, cuando hay demanda los precios se elevan hasta el cielo. Sin embargo, tengo la suerte de tener un compañero de vida perseverante que no se rindió hasta encontrarme una, aunque sea usada y cacharra.

Recuerdo que tenía 12 años la última vez que tuve una bici; nunca fui muy diestra para manejarla, pero sí disfrutaba de cortos paseos por el barrio cruceño en el que vivíamos. Era rosada y lamentablemente me duró poco porque se la robaron del garaje de la casa. Tiempo después, con mi familia nos mudamos al centro de la ciudad y nunca más volví a montar este medio de transporte.

En fin, mi esposo pasó tardes enteras poniendo chalinga mi “nueva” bici: cambió algunas partes, ajustó y engrasó otras y hasta la pintó. Al final, el sábado antes del Día del Padre (en EEUU es el 21de junio), me entregó una bicicleta con frenos nuevos, pintuda y… rosada. Al día siguiente mi plan era simple: agasajar a mi esposo con salteñas, soda, manualidades de los niños y tal vez ver una película en la tarde. Él tenía pensado algo diferente: disfrutó todo lo anterior, pero cambió la película por un paseo de los cuatro en bicicletas y como era el agasajado, no pude negarme.

Manejamos con las bicis atadas al jeep por unos 20 minutos hasta llegar a un parque distrital llamado Burke Lake; es un hermoso lugar boscoso en el que se puede hacer muchas actividades, como jugar minigolf, pasear en un minitren, caminar por un extenso bosque y remar en bote por el lago. Si bien ya lo habíamos visitado antes, en esta ocasión por primera recorreríamos el sendero que rodea el espejo de agua montados en nuestras bicicletas. Cabe mencionar que a pesar de que mi condición física no es la ideal, hicimos un total de siete kilómetros y medio, parando de vez en cuando para refrescarnos y tomar aire. Le dimos la vuelta entera al parque y todos terminamos muy satisfechos y también muy hambrientos. Al culminar el paseo, mi esposo nos felicitó por haber aguantado el recorrido sin ningún porrazo y, al llegar a casa, nos premió con un churrasco.

Debo confesar que al día siguiente no pude levantarme de la cama por la macurca, pero tenía en mi mente los dulces recuerdos de una tarde en familia rodeados de naturaleza y, sobre todo, la cara de satisfacción de mi esposo que ya está buscando nuevos parques para explorar. Así que con pandemia o no, la aventura vivida se convertirá en una nueva tradición familiar. Que así sea.

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