Y cuando levanten la cuarentena…

Se dice que en julio volveremos a la ‘normalidad’. El miedo al contagio y a la muerte están presentes en mí 

Autor: Rildo Barba

Ya no sé cuánto tiempo llevamos ‘encuarentenados’, extrañando encontrarnos con la familia y los amigos, ir al cine o a un restaurante o, por último, hasta ventearnos por ahí. No me estoy quejando, para nada; la medida dictada por el Gobierno nacional en el principio y luego por el departamental y municipal son necesarias, aunque no todos la cumplan. Por eso seguimos como seguimos: jodidos, con contagios por montones, muertos casi a diario y hospitales colapsados.
Dicen que en julio volveremos a la ‘normalidad’, aunque todo sea anormal y estemos en peligro más que antes. Para muchas personas, entre ellas yo, la idea de salir a la calle cuando nos dé la gana no alegra ni alivia, y más bien produce angustia y miedo. El coronavirus está allá afuera y sin vacuna para enfrentarlo, siento pavor de saberme contagiado y, más aún, de tener la necesidad de estar conectado a un respirador mecánico. Esa invasión al cuerpo me parece absolutamente aberrante.
Aunque no voy a negar que varias veces he tenido ganas de salir y hasta me he escapado tres o cuatro veces al mercado, al cajero y a ver a mis nietos, pienso en la nueva normalidad, la de usar barbijo todo el tiempo, la de dejar los abrazos y besos al saludar, la de charlar distanciados y olvidarnos de los espectáculos públicos por un buen tiempo. ¿Cómo irá ser la próxima Navidad? ¿Nos tendremos que conformar con mirarnos y mover las manitos diciendo “felicidades, que Dios conceda todos tus deseos y que el próximo año sea mucho mejor”? ¡Próximo año! ¿Alguien imaginó que este 2020 nos iba a joder a todos? Bueno no, no fue el año, fue ese maldito microbio ‘made in China’.
El día que me tocó salir subí al taxi de un sobrino (trabaja en la clandestinidad y la verdad es que no sé con qué permiso) para ir donde mis nietos. Eso sí, los vi y no los toqué; charlé con ellos a poco más de un metro de distancia y, aunque faltó el apapacho, sentí ternura por tenerlos cerca. Pero volviendo al vehículo que me transportó, me llamó la atención la mampara plástica que dividía al taxi en dos o, mejor dicho, separaba al conductor del pasajero ubicado en la parte trasera. Solo tenía una ranura para pasar el pago y recibir el cambio. ¿Será que así van a ser en realidad todos? No lo creo; en Santa Cruz hay taxis que no tienen manivela para subir o bajar los vidrios, la mayoría no cuenta con acondicionador de aire y muchos andan sucios. Los micreros también han mostrado que tendrán en sus puertas rociadores de desinfectantes, asientos marcados para que nadie los ocupe y la mampara. Claro, hemos visto uno y no sabemos si el resto de unidades funcione de la misma manera. Lo dudo.
Pensar en salir y agarrar un taxi o un micro que no cuente con las medidas de bioseguridad necesarias para la eminente ‘normalidad’ me agobia. Tener miedo de ir a la iglesia, al banco, al mercado o al cine (cuando se pueda) también me asusta, ¿y si alguien dejó el virus mal parqueado en un asiento, una baranda o en un mostrador? No, no es paranoia o quizá sí, con tal, dicen que el confinamiento nos puede dejar trastornos mentales. A propósito, ¿han escuchado hablar del ‘síndrome de la cabaña’? Se trata de una sensación de ahogo y nerviosismo que sienten las personas que han estado encerradas mucho tiempo. El porqué del nombre: porque los sicólogos lo vieron en los colonizadores del siglo XX en Estados Unidos y Canadá, que pasaron inviernos sin salir de sus cabañas durante meses. Pues bien, el término se puede ajustar a lo que puede pasarnos después de la cuarentena, es decir, al miedo y la ansiedad de salir del hogar.
Y bueno, creo que mucha gente necesitará terapias sicológicas y siquiátricas cuando salgamos de esta situación. De hecho, ya sé de casos de depresión y locura, sobre todo en personas mayores. La otra noche desperté con una aflicción que hizo que terminara llorando, asustado… Tenía miedo a morir, a dejar a mi nieto mayor desamparado (yo me encargo de su manutención y estudios). No recuerdo con qué estaba soñando, quizá me vi enfermo o encajonado, pero la paz volvió a mi corazón recién al amanecer.
¿Y mis deudas? ¿Encontraré trabajo fijo? ¡Pucha! Prefiero no pensar en eso. El país ahora tiene más desempleados que nunca: todos los que llegaron del exterior (y los que faltan por venir) estarán tan hambres como yo para conseguir un puesto laboral estable, aunque sé que eso será difícil porque las empresas no tendrán condiciones de contratar. Por otro lado, los sueldos serán bajos y para quien quiera tomarlos. Yo me conformo con que las pegas me goteen como hasta ahora y pagaré lo que debo poco a poco. Mis acreedores tendrán que tenerme paciencia porque, de lo contrario, los estornudo.

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