La vara de Camila

En breve una joven de 23 años tomará sus primeros votos. Será “monjita”. Su historia me hizo recuerdo a mi tía Sor Damiana.

Autora: Anna Infantas

De los pocos recuerdos que tengo de mi infancia es el de mi tía Sor Damiana cuando llegaba a la casa de mi mamá Antonia… Su blanco hábito, su peculiar olor a bebé y una dulce sonrisa hacían de ella un ser mágico para una niña. Su presencia representaba una algarabía para todos, nos hacía rezar en el almuerzo, nos abrazaba y regalaba esa fe que con el tiempo se va diluyendo. 

Era la única hermana de mi abuelita, al menos la única que conocí. Mi mamá Antonia era una matriarca dicharachera, una costurera bonachona y reilona, que amaba jugar cartas, que siempre recibía a una comadre o un pariente en casa. Me mataba de risa cuando ella tiraba algunos “ajos al aire” y mi tía Sor Damiana la miraba y solo atinaba a decir: “¡Antoniaaaa!”.

Siempre me pregunté por qué había elegido ese camino, cómo vivía su día a día, si alguna vez se aburrió de rezar y rezar, o si cruzó por su mente tener otra vida. A todos les parecía maravilloso tener una “monjita” en la familia, pero para mí era un dilema incomprensible y hasta una locura. Por supuesto, nunca dije ni pregunté nada, supongo que porque no quería que mi mamá me tratara de indiscreta. 

No recuerdo cuándo fue la última vez que vi a mi tía, ni siquiera cuándo murió,  solo sé que lo hizo antes que mi mamá Antonia. Es curioso como los seres que amamos se van perdiendo en nuestras memorias, por suerte la vida, cada cierto tiempo, se encarga de refrescar esas añoranzas. Conmigo pasó el día que llegué al Monasterio de la Encarnación, donde se encuentra mi sobrina Camila.

Al cruzar la puerta del templo se esfumó el bullicio de la cosmopolita Lima. En cuestión de segundos el caos se transformó en una tranquilidad abrumadora. Era una ceremonia de noviciado o algo parecido. Rezos, cantos, emociones… Para las religiosas era una fiesta, una celebración; para la  familia era un privilegio; para mí seguía siendo una incógnita. Creo que, pese a mis esfuerzos, no heredado la inquebrantable fe de mi mami. 

Al terminar la ceremonia, las monjitas nos invitaron a compartir una merienda que ellas mismas habían preparado, claro que antes nos permitieron recorrer el convento. Mi padre, que había ido varias veces, fue mi guía. Un gran patio, sencillas habitaciones, un huerto, una amplia cocina, todo bien austero.

Mi sobrina estaba radiante y se veía plenamente feliz, tal como recordaba a mi tía Sor Damiana.  En pleno siglo XXI, tener como profesión rezar por las almas de propios y extraños no deja de ser un desprendimiento maravilloso. Dicen que la oración tiene un poder mágico para el alma e, incluso, llega a convertirse en milagros. 

Nunca más regresé al monasterio ubicado en Pueblo Libre, pero eso no quita que de vez en cuando las escuche en sus oraciones. En un mundo hiperconectado ni siquiera las hermanas Agustinas Contemplativas han podido quedarse fuera. Tienen Facebook y son bien activas. Se las ve rezando, compartiendo liturgias, realizando sus manualidades y hasta han instalado una venta online.  Su última actualización es la noticia de los primeros votos de Rosabel y Camila el 19 de septiembre. 

Mi racionalidad sigue sin entender muchas cosas, pero mis años me han enseñado que hay cosas que “solo con el corazón se puede ver bien”… Hoy, a diferencia de niña, celebro tener una monjita en casa, un rezo seguro en tiempos de enfermedad y de pandemia, o como dice mi padre: alguien que tenga vara con el de arriba, porque el mundo necesita de formas de vida, como la de Sor Damiana  y Camila, que nos recuerdan que lo “lo esencial es invisible a los ojos”.

Una respuesta

  1. Estimada Carlita, Te agradezco por la sobria y sabrosa reseña de la inminente ceremonia de Camilita.
    Gracias y un abrazo para todos

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